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Juan Quintero-El Clavo.

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La obra literaria “El clavo”, escrita por Pedro Antonio de Alarcón, fue llevada al cine en el año 1944 de mano del director Rafael Gil. El propio Gil junto a Eduardo Marquina, se encargaría de la redacción del guión. El argumento, para quien haya leído el libro, es bien conocido. Una misteriosa mujer aparece y desaparece de la vida de un joven juez, que en paralelo, y casi por casualidad, investiga la aparición de un cráneo que contiene un clavo. Por fatalidades de la vida, esa investigación unirá las vidas de los dos personajes principales.

Amparo Rivelles y Rafael Durán, formaban la pareja protagonista, siendo secundados por algunos de los mejores actores de reparto de la época. La producción corrió a cargo de Cifesa, por aquel entonces gran dominadora de la filmografía hispana, no escatimando en medios para que el film ganara en prestancia. Cabe destacar las actuaciones de sus dos actores principales, así como una dirección muy sobria, una fotografía en blanco y negro muy lograda, y sobre todo una partitura musical que no tenía nada que envidiar a las de compositores afincados en Hollywood como Max Steiner, Alfred Newman o Miklós Rózsa.

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El músico encargado a tal empresa, no fue otro que Juan Quintero. Nacido en Ceuta un 19 de junio de 1903, Quintero representa la esencia musical de los compositores que trabajaron para el cine en España, junto a Jesús García Leoz o Manuel Parada. Antes de dedicarse al cine, y una vez acabados sus estudios musicales, Quintero actuaba como pianista y violinista ya fuera interpretando el repertorio clásico o en pequeños teatros de variedades. Aún ganándose la vida de esta guisa, el joven autor escribía sus canciones y músicas incidentales, incluidas obras de teatro. Precisamente fue en una de ellas donde coincidió con el cineasta José Luis Saénz de Heredia, que pronto lo iría llamando para sus producciones fílmicas, tras la Guerra Civil. Desde ese momento, la carrera de Quintero iría ligada a la de los grandes directores españoles del momento, como los ya citados Rafael Gil, Saénz de Heredia y otros como Juan de Orduña o Ladislao Vadja. La música de Quintero destacaba por sus grandes orquestaciones, un sinfonismo desbordado que lo llevó a ser partícipe de las grandes epopeyas patrias, y un sentido descomunal, no ya como músico, de sobra probado, sino como cineasta, sabiendo colocar con precisión milimétrica, la música adecuada para cada escena.

La partitura escrita para El Clavo, comienza con una melodía de estilo vals, que es utilizada en los créditos iníciales de forma más enérgica, como era costumbre en estos años, pero en la que ya se denota un cierto aire de dramatismo. Tras está introducción grandilocuente, este mismo tema será usado por Quintero como leitmotiv asignado a la pareja, siendo escuchado de nuevo en la escena en la que aparece la protagonista femenina. Estamos pues, ante un tema de amor, que sirve como tal, pero en el que a su vez, atisbamos cierto poso de pesadumbre y oscuridad, que viene derivado por un tenue secreto que guarda la chica, y que en un principio nosotros no sabemos, pero que el compositor, con mucho acierto, nos lo va indicando con la música. Así que tenemos un mismo tema, que crea en nosotros una doble intencionalidad, mostrarnos el amor que se van profesando, y al mismo tiempo acentuar un secreto que suponemos proviene de la mujer.
A lo largo del metraje, Quintero crea una serie de cortes que inciden directamente en el misterio, e incluso en el terror, cuando por ejemplo el juez descubre el cráneo en el cementerio.

Una vez la mujer es acusada y detenida, y ya descubrimos todo lo relativo a su pasado y la vinculación con el cráneo y el clavo, la música acoge un dramatismo desbordado, siendo la voz lamentaría de un juez que sufre lo indecible, por el amor que desprende hacia ella, y porque es el mismo quien tiene que juzgarla, y condenarla a muerte. La angustia por la que pasa este personaje, como digo, es recrudecida por el score de Quintero, llegando muy hondo a los adentros del espectador, que ve en esas melodías dramáticas el sufrimiento del juez. De esta parte, hasta el final, el dramatismo de la partitura es aumentado, dado los intentos desesperados del juez, por lograr un indulto. Finalmente, y en última instancia, logra que al menos no sea condenada a muerte, pero estará en la cárcel de por vida. Es en este instante cuando la pareja se reencuentra en prisión, y Quintero sustituye la música dramática por el tema de amor que suena en todo en su esplendor. Aunque ella este encarcelada, seguirán juntos de por vida.

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