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Vangelis, El Greco.

En uno de mis viajes a París, tuve la oportunidad de visitar el museo del Louvre. La inmensa mayoría de los visitantes desde el minuto uno en el que entran en el recinto buscan ansiosamente el cuadro de La Gioconda, ambicionando entre empujones y conductas poco éticas una foto que acredite que han estado allí. Pues bien, a mi llegada al famoso museo, ocasionalmente entre de los primeros, por supuesto tuve la posibilidad de ir raudo hacia la señora o señorita de la eterna sonrisa, o tristeza como algunos estudiosos de la pintura de Da Vinci también comentan. No lo hice, primero me dirigí a la parte dominada por las esculturas y restos arqueológicos egipcios. Tras horas sumido en la belleza y grandiosidad de esta civilización, fui visitando otros cuadros y esculturas pertenecientes a otras épocas y culturas. Al llegar a uno de los grandes pasillos repletos de pinturas de los más grandes artistas de la historia, quede petrificado antes tres o cuatro de ellas que parecían casi reales, como si las figuras que habitaban en su interior cobraran vida. Se trataba de obras del genial pintor griego Doménicos Theotocópoulos, más conocido como El Greco. Aunque albergaban un claro sentido religioso, y estas en su mayoría no son de mi agrado por motivos de repudia hacia todas las religiones existentes, sé admirar el arte y la belleza implícita en ellas. Las pinturas de El Greco, aunque muchas sean religiosas, son bellas, y mágicas, te dejan absorto en su visionado, entre muchas otras cosas, porque parecen cobrar vida ante ti.

¿Qué puedo hablar sobre el pintor que ya no se sepa o no se haya dicho?, creo que nada. Así que me centraré en el verdadero propósito de esta introducción, que no es otro que comentar el álbum de Vangelis El Greco.

El Greco editado en 1998 es una revisión del anterior trabajo realizado en 1995, pero al que se le añadía tres nuevos cortes. Editado por el sello discográfico EastWest, El Greco es una obra etérea, deliciosa y mágica, en una ocasión dije de ella que era como una sinfonía del Siglo XXI.

El álbum es como se puede imaginar un homenaje al pintor que llegó a afincarse en España, concretamente en Toledo, y no sería el único que le regalaría Vangelis a su compatriota, sino que años más tarde compondría la música de una película basada en su vida.

Diez movimientos forman la estructura de este disco, todos sin nombres. “Movement I” abre la sinfonía. En sus diez minutos de duración, la música fluctúa entre los sonidos místicos de los sintetizadores, y los toques de campanas en referencia a las creaciones religiosas o divinas del artista pictórico. También encontramos un cierto regusto a lo antiguo, lo medieval, el periodo en el que habitó El Greco. Todo esto lo combina Vangelis a la perfección para ofrecernos una música etérea, moderna y antigua a la vez. Misticismo, miedo a lo religioso y belleza, sobre todo belleza. Todos estos ingredientes que son los mismos que sufrió el genial pintor en vida, son retratados magníficamente por este corte de otro maestro griego, en este caso musical.

“Movement II” comienza con la introducción de un motivo de címbalo, como ya hiciera en Kavafis. En este tema, Vangelis intenta traducir en música los primeros años de la vida del pintor en su Grecia natal. De ahí que la instrumentación y el estilo musical sea más bizantino. Eso sí, la música no deja de ser bellísima, envolvente y cargada de misticismo. En cada nota se ensalza la genialidad del personaje, la música se asocia con su arte y sus raíces. Hacia el final del tema, se puede escuchar el sonido sintetizado del viento, (no instrumentos), un recurso utilizado frecuentemente por el músico, con el que enlaza también el principio del siguiente corte.

“Movement III” es un apacible y bonito tema, dominado en su casi totalidad por un motivo de arpa de melodía vitalista, igual que la que desprende el artista en sus primeros años de juventud. Como no, la música está recubierta de ese estilo bizantino impreso en el anterior corte. Se podría decir que es una música cargada no solo de vitalidad, sino incluso de una ingenuidad propia de la juventud.

El recorrido musical de Vangelis, es también un recorrido sentimental en la vida y obra de El Greco, así que en el tema “Movement IV” el compositor da entrada a las voces, en concreto la de la soprano Montserrat Caballé, que con su poderosa y a la vez dulce voz, expresa mediante una melodía de aire más melancólica, los pesares y tristezas en la vida del personaje. La creación a veces conlleva una parte de melancolía y soledad que solos los grandes artistas comprenden, o quizá ni ellos mismo sepan el por qué de la misma, que les hace a veces querer estar fuera del contacto con todo lo terrenal. Será una llamada divina?, lo debe ser, así se explicarían las excelencias, en este caso pictóricas, de las obras finales de muchos de ellos.

“Movement V” comienza con el sonido del viento al que se le unen las campanillas. Tras estas aparece un motivo de piano, más banal que los anteriores, el arpa se deja ver entre este con pequeños puntillazos. Es una música que sufre continuos crescendos y bajadas musicales, hasta desembocar en una bonita y diferente melodía al piano, que da de nuevo paso a la primigenia con la que se acaba el corte.

“Movement VI” une lo religioso y lo étnico a través de una música iniciada por la voz del tenor Konstantinos Paliatsaras, que es secundada en breve por la de Montserrat. Mientras tanto un discurso del arpa y los sintetizadores acompañan las voces crepusculares y de aire misterioso. En el tema se aúna por igual lo religioso y lo étnico, trasladando a música la vena religiosa de las pinturas del maestro y su influencia geográfica.

En “Movement VII” se comienza con el sonido de las campanas, para entrar a continuación la percusión y los coros, que realizan un tema de clara inspiración medieval. Una melodía festiva en la que la percusión adquiere una importancia suprema. Tras un interludio de arpa, vuelve a reaparecer esta melodía de aires medievales y populares a modo de las que ejecutaban los trovadores en las calles.

“Movement VIII” es sin duda uno de los cortes más dramáticos del álbum. Durante sus nueve minutos de duración son los sintetizadores junto a un acompañamiento de percusión lúgubre, los encargados de realzar ese dramatismo en la música, llevado al éxtasis, con la irrupción de un motivo coral femenino excepcional. En una segunda parte del tema, son solos los sintetizadores los encargados de crear ese tono dramático, con una composición lineal pero poderosa emocionalmente y de un estilo muy sinfónico, aunque en su mayor parte sean los teclados los que lleven el peso. Tras un ensalzamiento coral, Vangelis nos deleita con un crescendo musical de quilates, solemne y grandioso a partes iguales dignificando su persona y por supuesto la de El Greco.

“Movement IX” es un movimiento sinfónico de casi doce minutos de duración, de melodía muy lineal y anacrónica en su primera parte, para ser más dramática y tristemente bella en su segunda, muy al estilo de lo acecido en el anterior tema, pero mucho más bello. Es como si asistiéramos a un réquiem bellísimo, pero a su vez muy melancólico, dedicado a la figura del pintor.

Con “Movement X (Epilogue)” se da fin a un disco redondo de inspiración desbordada. Aquí es una melodía al piano la dominadora absoluta. Una música muy bonita y no tan triste como las anteriores, que se hace acompañar por los sonidos envolventes y mágicos de los sintetizadores, ascendiendo la figura de El Greco al Olimpo de los dioses. La belleza de la melodía al piano es desgarradora y sólo al alcance de unos pocos genios como Vangelis.

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