0

Miklós Rózsa, Madame Bovary.

MADAME BOVARY

-1949-

Por Joan Bosch Hugas.

No nos cansaremos de defender como los mejores logros rozsanianos aquellas composiciones que implican la fibra emotiva, que trasladan con poética pero ajustada exactitud ilusiones, fracasos, sueños y realidades al papel pautado. En Madame Bovary estos aspectos son melodramáticamente enfatizados como nunca antes había tenido ocasión. Resulta imposible no sentirse inmerso en la lírica de sus melodías fatalistas.

Madame Bovary supuso un punto de inflexión en la obra rozsaniana. Hasta el momento de su composición, la mayor ocupación del músico habían sido los melodramas psicológicos y las crónicas negras de gánsteres. A partir de entonces, las rudezas y los ritmos abruptos quedan relegados a una presencia meramente episódica y tan sólo en el aspecto armónico; el énfasis se orienta hacia la riqueza y textura de la expresión lírica, manejando conceptos tan etéreos y espirituales como la compasión, la bondad, la pasión o la decadencia.

El imprescindible Christopher Palmer, defendiendo el arte compositivo cinematográfico ante aquellos que creían que una película sin música es más “realista” que una película con música (argumento muy común en los primeros tiempos del sonoro), encontraba una evidente analogía entre la película sin música y la fotografía, del mismo modo que un retrato pictórico puede ser más “real” que uno fotográfico. En el sentido de que el primero puede capturar esencias vitales prohibitivas al segundo. La música posee la innegable capacidad de imprimir a la imagen un sentido contenido emocional y espiritual.

La histórica reseña de un Flaubert (James Mason) defendiéndose desde el estrado de un tribunal de las acusaciones de obscenidad formuladas tras el escándalo que supuso la publicación de Madame de Bovary, inicia la versión cinematográfica del relato.

Emma (Jennifer Jones), hija del granjero Berteaux, es una provinciana de espíritu novelesco, dominada por una quijotesca locura: persigue fantasías de amores grandiosos y de rancios linajes. Se casará con el médico Charles Bovary (Van Heflin), hombre de limitada inteligencia, bueno y vulgar en la novela, sólo bueno de altar en la película; tan sumamente bueno que uno acaba por aceptar la limitación de su intelecto falto de todo mecanismo de autoestima. No tardará en sentirse apresada en una cotidianeidad que atenaza sus quiméricas ambiciones. Primero será León (Christopher Kent), pasante de notario, en quien verterá sus fantasías no cayendo aún, en el adulterio. Un baile en casa de unos marqueses desatará sus ansias y sueños de una vida brillante desarrollada entre fogosas pasiones. En él conocerá al hedonista y epicúreo Rodolfo Boulanger (Louis Jourdan) iniciando un camino de degradación progresiva que la conducirá irremediablemente a un dramático final.

Con semejantes antecedentes argumentales forzoso es reconocer que no faltará quien no se aventure a la visualización del filme. Sin embargo, al igual que al buen lector le prenderá la observación minuciosa y precisa del realismo de Flaubert (con qué paciencia están estudiados todos los personajes, que por mediocres que sean, los vemos profundamente distintos e interesantemente descritos) y al buen cinéfilo le cautivarán los recursos y coreografía de Minnelli (qué acertado uso de los espejos que capturan la imagen de Emma de Bovary y reflejan momentos de gloria mundana y escenas de sordidez como mudos testigos de excepción) aun no gustando del melodramatismo de la historia, al melómano le habrá de fascinar el relato rozsaniano de grandes pasiones amorosas impregnadas de un pathos de fatalidad que procuraremos esquematizar.

El preludio

Esta terminología de más raigambre musical que cinematográfica, adquiere en manos de Rózsa condición de autenticidad. No consiste en un simple ornamento que haga más llevaderos la prolijidad de los títulos de crédito. Se trata de una verdadera introducción, una preparación anímica al drama que se va a presenciar. La música nace del silencio con ominosos redobles de timbales, graves y distantes, discurriendo inexorablemente por cauces melódicos y fatalistas asumidos por las cuerdas, hacia un trágico destino. Ya puestos en circunstancias, un melodismo intimista, lírico y sensible abrigará las propuestas de Charles y los requiebros, aún tímidos de León. Yonville, la ciudad en donde ejercerá el Dr. Bovary será presentada en el pentagrama como alegre y tranquila con ese toque ubicatorio, basado en el estudio del folklore local, que el de Budapest tan bien domina y sabe incorporar a su sinfonismo.

El clímax

Por circunstancias en las que no vamos a incidir, los Bovary serán invitados a un baile en el castillo de unos marqueses. Emma, fascinada, sintiendo cumplir sus anhelos, irá cegándose a la realidad. La orquesta interpretará en la fiesta un passapied, una quadrille, una polka y finalmente un vals, poniendo de manifiesto la capacidad de Rózsa para asumir cualquier música antigua o moderna, en esta ocasión con mimetismo total a los ritmos y gustos de la época: la Francia de mediados del siglo pasado.

El vals constituye el punto álgido de la trama a partir del cual los acontecimientos se precipitarán inexorablemente hacia el trágico final. Se nos figura como una recreación metafórica de las circunstancias de Emma de Bovary. Inicialmente la conquista con su tono elegante y su distinción mundana dejándose cautivar por la fácil tentación de sus compases galantes. Absorta en un frenesí de torbellinos irrefrenables en constante accelerando llegará a su apogeo cuando a sus consentidos requerimientos de aire, el anfitrión ordena a sus lacayos romper los cristales. Platillos y cuidada adición de efectos especiales marcan el punto álgido de un baile que no cesa pero que a partir de dicho instante, sin perder un ápice de su brillantez ni elegancia, la arrastrará por postulados más decadentes. La intrusión de la también patética figura tambaleante de un ebrio Dr. Bovary romperá la armonía de su sueño introduciendo una realidad que no quiere admitir y huye del aristocrático salón mientras los invitados aplauden el final de la pieza. Pocas veces nos es dado disfrutar de tan brillante conjunción de música e imágenes. La excelente coreografía ofrecida por Minnelli (no olvidemos que sus títulos más recordados corresponden al musical) sólo es posible con un conocimiento previo de la música, y la extraordinaria orquestación de Rózsa no es realizable sin conocer las imágenes. Gozamos del resultado de la conjunción de dos artistas que, con mutuo respeto, afrontan un proyecto.

El escritor galo describe el baile con esmerado detalle y Vincente Minnelli quiso trasladarlo a la pantalla con idéntica exactitud. La composición se materializó en una partitura para dos pianos y fue con dicha versión que se gestaron las imágenes en las que, si lo observamos con atención, apreciaremos un delicado, sensible pero evidente cambio en la composición, imprimiendo velocidad, cuando el acompasado balanceo de la cámara abandona a la pareja danzante y en un fugaz remolino en el que estamos centrados nos muestra paredes, lámparas de araña y cristaleras. Es un corto instante de la larga escena en la que la meticulosidad rozsaniana se pone de manifiesto. Sin pretender establecer innecesarias comparaciones de valor entendemos esta pieza mucho más cercana a los planteamientos decadentes de La valse raveliana que del brillantismo y elegancia, pero a veces vacuo en el fondo, de los valses de los Strauss o de un Lehar. Si bien exhibe un gran respeto por las formas, vuelve a ser la implicación emotiva que consigue tras su audición, la gran arma del maestro. Cabe reseñar como anécdota que cuando la partitura en su versión original para dos pianos fue presentada a Minnelli, Rózsa recibió la ayuda interpretativa de un joven valor contratado por el estudio de nombre André Previn.

El desenlace

Emma persuade a Rodolfo para fugarse juntos. Acuerdan que la diligencia se detendrá en Yonville para recogerla. Cercano el amanecer, Emma se despide de su hijita dormida en su cama y un enternecedor y cálido pasaje para cuarteto de cuerda introduce una ternura hasta el momento no manifestada. Parte furtiva en busca de la diligencia. Esta escena de gran dramatismo está escrupulosamente planificada. Dos temas participan en su configuración. Uno melódico derivado del motivo de la alcoba infantil con una estructura fugada que gradualmente se acelera y va adquiriendo mayor presencia. Simultáneamente, otro motivo, rítmico y lejano, fácilmente identificable con el galope de los caballos, se irá acercando e incorporándose a la melodía repetitiva y obstinada. Emma, nerviosa e impaciente, espera. La diligencia se va acercando. La música se va creciendo. El carruaje se sigue aproximando. Los dos motivos conjuntados, como una idea obsesiva, insisten con su ritmo martilleante. La diligencia cada vez está más cerca. La música en un frenesí histérico alcanza el apogeo. Llega el carruaje y pasa de largo. Unas notas graves ponen brusco final a la tensión y marcan el infortunio de Emma. La melodía que abrigaba el sueño tranquilo de la niña abandonada se enlentece y adquiere tintes sombríos y depresivos reflejando su hundimiento.

Incapaz de afrontar la realidad, su salud, física y mental, se irá quebrando. Habrá un reencuentro con León, ya sórdido y desesperado, sólo sostenible por el recuerdo de momentos pasados (en tono fantasmal, confuso y distante, ecos del vals de Rodolfo seguirán alentando sus cada vez más inalcanzables fantasías). Será entonces cuando L´Heureux, usurero prestamista que ha financiado sus delirios, se dirige, cruzando Yonville, a presentarle un ultimátum. La música se edifica en cuatro compases en basso ostinato acompasada con el implacable ritmo de los pasos. Agotados todos sus recursos. Emma pondrá fin a su vida envenenándose. En la escena final, moribunda en la cama, la música contemplará su agonía con compasivo detalle mientras campanas lejanas tocan a muerte; con su tono conmiserativo nos dirá que era una alma enferma dominada por fantasías insensatas pero no intrínsecamente mala pidiéndonos el perdón.

 

Me gusta(2)No me gusta(0)

Deja un comentario

Puedes usar etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>