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Armand Amar, Bab’Aziz.

Hoy en día hay pocas músicas y escasos compositores que lleguen al alma del ser humano con sus melodías. Uno de estos autores que conecta con nuestro ser más profundo es el israelí Armand Amar, un compositor único. La profundidad de su música nos transporta en cada una de sus obras hacia extremos espirituales que no conocíamos. Lo hace fusionando lo mejor de la música árabe y la occidental. Es un músico que mezcla a la perfección las características más esenciales de estos diferentes tipos de música, en los que la inserción de instrumentos y voces étnicas, junto con los más clasicos de una orquesta sinfónica, resulta celestial.

Un ejemplo de ello lo tenemos en la partitura que escribió para el film iraní de 2005 titulado Bab’Aziz. En esta película escrita y dirigida por Nacer Khemir, una joven y su abuelo ciego cruzan el desierto sin más orientación que la espiritual del anciano, para llegar a una reunión de una hermandad religiosa, los derviches. Visualmente la cinta es preciosa en cada plano, una belleza acrecentada por la maravillosa fotografía de Mahmoud Kalari y cómo no, por un score donde cada tema resulta único y delicioso.

Este viaje espiritual en el que el anciano retoma un sentido que perdimos el resto de los seres humanos hace miles de años, la conexión con la tierra o la madre naturaleza, no sería posible sin el apoyo emocional y narrativo de las melodías salidas del alma de Amar. El israelí conecta de inmediato nuestro espíritu con el de su música, y como no, con el entorno de la historia que vemos en pantalla. No solo refuerza las imágenes, sino que llega a profundizar en nuestro yo más interiorizado. No sé si nos conecta con alguna clase de Dios, porque no soy muy creyente, pero sí que nos transporta hacia universos nunca explorados de nuestro ser, uniéndonos emocional y espiritualmente con la tierra o con esos dioses en los que muchos de los humanos creen.

El compositor crea un tema principal de extraordinaria belleza. Una elegante y poderosa, en lo espiritual, melodía, en el que un instrumento destaca sobre los demás. El duduk, una flauta de origen armenio tocada en esta ocasión por Levon Minassian, como en casi  todos los trabajos del compositor. Cuando uno escucha la melodía salida de este, inmediatamente su alma se expande, nunca pudo albergar tanta belleza. Si a ello se le une una sección de cuerda que comienza la composición, y la arropa siempre en un registro más bajo, a modo de réquiem, y que va subiendo en intensidad conforme avanza el tema, tenemos la conjunción perfecta.

Sin duda el corte más relevante de la banda sonora es “Poem of the Atoms”. Las voces étnicas, casi lamentaciones salidas de lo más hondo del alma, hacen de esta música, que se escuchará a lo largo del film en diferentes ocasiones, el leitmotiv central del score. Un canto o recitación que escuchamos tanto por la voz femenina como por la masculina, siempre acompañada de un suave y lineal toque de las cuerdas, que sume al espectador en lo divino y espiritual de la historia. Una música preciosa, en la que Amar muestra lo mejor de sí. Auténticamente maravillosa.

Aunque la composición comentada con anterioridad llegue a resultar el alma de la obra, Amar crea otras melodías extraordinarias y no menos bellas que nos sumergen en la vida y los pensamientos de los protagonistas y de la tierra en la que viven. Lo hace a través de la exposición de temas en los que la instrumentación étnica, ya sea la percusión, las voces o instrumentos como el ney (flauta originaria de oriente medio) o el oud (laúd árabe) se funden a la perfección con la orquesta sinfónica, en la que las cuerdas son lo más utilizado.

Armand introduce también músicas tradicionales en el relato, que son usadas o interpretadas de forma diegética en las imágenes.
La banda sonora de esta película nos envuelve en su apacible y elegante sonido, embriagándonos con su belleza mística. Las voces de Salas Aghili, Sharmila Roy, Hamza Shakkur y Tempos Fugit, junto a los instrumentos interpretados por Keyvan Chemirani, percusión, el ya citado Minassian, Haroun Teboul, ney y oud, y Jean- Paul Minalli- Bella, viola, arpegina, viola d’amore y la intervención de la Bulgarian Symphony Orchestra bajo la batuta de Deyan Pavlov, hace de esta composición un deleite musical para nuestros oídos.

Tanto la música original del compositor israelí afincado en la cinematografía francesa, como los temas no originales, están disponibles en un doble cd editado por el sello francés Naïve. Un disco imprescindible para el aficionado a la buena música.

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