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Miklós Rózsa, El loco del pelo rojo.

EL LOCO DEL PELO ROJO

(LUST FOR LIFE)

-1956-

Por Joan Bosch Hugas.

La biografía dramatizada de Vincent Van Gogh sobresale por méritos propios y se distancia del típico biopic made in Hollywood. Dista mucho de ser la característica representación superficial y edulcorada destinada a exaltar las cualidades interpretativas de la estrella de turno. Son algo más de dos horas intensas de hermosas imágenes en evocación de la atormentada existencia de un hombre angustiado por encontrar su rumbo en la vida. Un hombre poseedor de la muy escasa chispa de la genialidad que buscó refugio en la expresión pictórica y que tuvo una trayectoria patética que se reflejó en la total incomprensión hacia su obra: sólo logró vender uno de los ochocientos cuadros que realizó a lo largo de su corta vida, truncada bruscamente, a los 37 años, por una locura que le condujo al suicidio.

La película, dirigida por Vincente Minnelli y producida por John Houseman, se basó en una novela homónima (respecto al título original) de Irving Stone adaptada a la pantalla por Norman Corwin. Kirk Douglas (en memorable interpretación y un notable parecido físico) incorporó el papel de Van Gogh.

Para Rózsa supuso su tercer encuentro con Minnelli. El primero había sido en 1949 con aquella Madame Bovary de imborrable recuerdo y Tres amores (1953) el segundo. Realmente, sorprende que una colaboración tan grata, como la recordaba el compositor en sus memorias, solamente se concretara en tres colaboraciones, cerrándose con el presente título tan breve coincidencia de los dos talentos.

Desde el punto de vista del compositor la primera preocupación”, comentaba el músico, “fue -siempre ocurre cuando se trata de personajes históricos- encontrar el estilo apropiado. En la música concertística se expresa uno mismo, pero en la música dramática y muy especialmente la música para películas, la función más importante es servir y ayudar al drama. Cada periodo requiere su estilo. También si está situado sólo 75 años antes…Un filme en tiempo presente permite al compositor usar su propio lenguaje contemporáneo…El estilo apropiado debe ser encontrado de manera que constituya una homogeneidad con las imágenes mostradas.”

La música coetánea a Van Gogh era la del último romanticismo de Wagner, Liszt, Berlioz y sus numerosos seguidores (Cesar Frank entre ellos). Su estilo pictórico más reputado es deudor del estilo puntillístico de Pisarro y el neo-impresionismo de Seurat y se corresponde musicalmente con el impresionismo de Debussy a pesar que Van Gogh no podía conocer para nada esta música. Hay 25 años de distancia entre el impresionismo pictórico y el musical. La primera obra orquestal impresionista importante es el Preludio a la siesta de un fauno de Debussy cuyo estreno tuvo lugar en 1894; cuatro años antes de la muerte del pintor. “La música romántica que se hacía a mediados del siglo XIX, considero tenía poco en común con la obra de Van Gogh”, reflexionaba Rózsa. “De alguna manera tuve que desarrollar el estilo apropiado en términos de mi propia música, tuve que ser algo impresionista, algo puntillista, algo post-romántico y luminoso, y siempre brillante en el colorido en concordancia con las pinturas.” Poco cabe añadir al planteamiento compositivo del maestro.

Una anécdota, relatada por el músico, merece su transcripción por cuanto nos puede aproximar a su perfil humano: “En cierta ocasión al describir la escena en que Gauguin llega a Arlés y se dirige a la casa de Van Gogh, quise evocar el aire extrovertido de la música del sur de Francia a la manera de Bizet en ‘L’Arlésienne’. Houseman se mostró muy crítico, alegando que había ilustrado la escena cuando mi obligación era reforzar la emoción. Tenía razón y lo sustituí por el ‘tema de Gauguin’ que ofrecía al drama un soporte mucho más positivo. No tengo nada contra la crítica constructiva cuando tiene una buena base desde el punto de vista dramático. Me fastidia la crítica de productores y directores cuando no saben de qué hablan”

Preludio

Rózsa tenía una especial aversión a la expresión títulos de crédito. Defendía su criterio alegando que no era más que una inercia adquirida en el cine mudo cuando había que complementar las imágenes intercalando créditos. No me atreveré a afirmar que no estuviera convencido de su argumentario, pero para un músico que en más de una ocasión había expresado con un cierto resquemor lo alejado que estaba Hollywood de las salas de concierto no puedo evitar elucubrar una pretensión, tal vez inconsciente, de aproximar terminológicamente su composición para la cinematografía a la creación concertística.

Así pues, el preludio, como él gustaba denominar es una atinada introducción al mundo interior del pintor holandés, una soberbia caracterización musical de sus vicisitudes internas, de su eterna lucha consigo mismo. Un efectista golpe de timbales inicia la exposición; la melodía (tema de Van Gogh) de tono ascendente (expresada en unas cuerdas no exentas de melancolía) combate por escapar de un entorno disturbador, deprimente y asfixiante. Intenta en vano evadirse de una atenazante marcha lenta y cansina hacia un ominoso destino. Unas “ansias de vivir” (pocas veces el título de un filme ha sido tan sugerente y tan absurda su traducción) que parsimoniosas y sombrías acaban por apagarse sin aliento en el registro bajo de las cuerdas.

La lucha de Van Gogh pintor, ocupó los 10 últimos años de su vida; la lucha del hombre por sus ideales había empezado mucho antes, y la lucha interna de Vincent consigo mismo seguramente fue congénita.

Primer período: los años de Borinage.

Enviado como predicador de la “Iglesia evangelista de los mensajeros de la fe” a Borinage, cerca de la ciudad belga de Mons, debió enfrentarse con su inutilidad para la oratoria. Convencido de su absoluta incapacidad para predicar, pero profundamente impresionado por la honda situación de abandono y miseria de los mineros y sus familias, se convertiría en su enfermero y amigo; les daba todo lo que poseía: ropas, útiles y enseres. A causa de estos excesos fue despedido.

Musicalmente, la película se identifica a grandes pinceladas con los ciclos pictóricos de Van Gogh. Este primer período es reflejo directo de su triste experiencia en Borinage. Son sus temas los campesinos anónimos, los ancianos, las viejas ajadas, los mineros del carbón, toda una humanidad que trabaja y sufre. El universo pictórico de Van Gogh, como espejo de su propia imagen, es trágico: cuerpos deformados y endurecidos por el trabajo, rostros cansados e impotentes inmersos en una vida sin ilusiones. La composición musical, oscura y deprimente, acompañará a los hombres en su descenso a las entrañas de la tierra, a las mujeres en su búsqueda de sobrantes de carbón en las laderas de la horadada montaña y seguirá persistentemente a Vincent observándolo siempre con su tema taciturno y ansioso de vida. Tema que irá perdiendo vitalidad acomodándose al tono apesadumbrado del relato paralelamente a la decadencia física y mental del pintor. Su altruismo desmesurado le conducirá a un lamentable estado de penuria y enfermedad. Postrado sobre un primario lecho de paja recibirá la visita de su hermano Theo (James Donald), quien nunca descuidaría el cuidado y defensa de su hermano mayor. En tono de serena reflexión (presentado primero por chelos y violas y desarrollado posteriormente por toda la orquesta) el tema de Theo comenta la relación fraternal expresando un fuerte sentimiento de impotencia, conjugando sensaciones de ternura y cariño fraterno con ese sobrecogimiento de aflicción melancólica que impregna todo aquello que rodea al pintor.

Segundo período: los años de Arlés.

Antes de desplazarse al sur de Francia el joven Vincent pasará un verano en Nuenen, en la casa paterna. Sus primeros contactos con la naturaleza permitirán a Rózsa componer un tema pastoral, breve y descriptivo, reflejo de fugaces momentos de paz antes de caer en otra crisis angustiado ante un desengaño amoroso.

Irá a Arlés. La luz y los vivos colores de la Provenza le impresionarán profundamente. Se diría que Vincent Van Gogh, en el sur, encuentra por fin una vía para su realización como pintor y, en consecuencia, el necesario equilibrio psíquico; sin embargo, no es así. Siguen los problemas de incomprensión, de la lucha interior, de la falta de recursos; sobre todo, de la soledad y, tal vez, del exceso de sensibilidad. Una soledad brevemente rota por una corta convivencia con Gauguin con quien tampoco pudo congeniar.

Llegará a la provinciana Arlés ya de noche. Como siempre le acompañará su motivo identificativo mostrando la fatiga del viaje y respetuoso con el descanso de los vecinos. Alquilará una habitación. Ya de mañana abrirá la ventana de par en par ávido de luz y por ella entrará una sinfonía de luminosidad y de color. Colores cálidos, brillantes llenos de vida. Mientras la música de Rózsa penetra por la ventana como una oleada de vida, la cámara sale por ella mostrándonos la rutilante belleza multicolor de los campos provenzales. La obra pictórica de Van Gogh se combina con las imágenes paisajísticas reales ofreciendo al músico la mejor oportunidad para explayarse musicalmente creando un fascinante interludio de luz y color orquestal. El imposible acomodo de los lienzos al formato del cinemascope obliga a Minnelli a escudriñar las pinturas con mirada inquieta recorriéndolas con la cámara; aproximándose y alejándose de las vigorosas pinceladas con resultados estéticos de gran belleza.

Las novedosas impresiones de colores brillantes embriagarán el espíritu creativo de Van Gogh que trabajará febrilmente hasta conseguir sus más hermosas y originales creaciones.

El cartero del lugar, el barbudo Roulin (Niall Mac Ginnis), se convertirá en su amigo y protector. Para el músico será el pretexto para introducir unos divertidos compases charlotescos. La música lo describirá como jovial, bondadoso, algo pomposo y un tanto bufonesco.

Paul Gauguin (un Anthony Quinn oscarizado como el mejor secundario del año) será el destinatario de uno de los cuatro temas personales que contiene la composición (Van Gogh, Theo, Roulin y Gauguin). El pintor de los mares del sur por excelencia, hombre también de trato difícil, engreído, disoluto y pendenciero, musicalmente recibirá un tratamiento que se nos antoja de favor: una hermosa melodía optimista y sensible que compite en belleza con el tema del protagonista.

El retorno de Van Gogh a la soledad tras su corto encuentro con Gauguin será el momento a partir del cual sus desequilibrios mentales ya no admitirán disimulo. La inspiración rozsaniana describirá en la “escena de la locura” los desvaríos del infortunado Vincent con encomiable lucidez y maestría instrumental. El tono de trágica irremediabilidad, sólo interrumpido por coloristas interludios de felicidad efímera, se verá perturbado por intrusiones instrumentales surgidas de la mente enferma: el oboe, que nos deleitaba con su canto bucólico durante el primer encuentro del pintor con la campiña provenzal, ahora ahonda en el alma del artista y se desgañita sollozando repetitivo y desconsolado, clamando por escapar de un entorno “caótico” y funesto que le habrá de conducir irremisiblemente a su trágico destino. Sobrevivirá a esta primera crisis de posible esquizofrenia, pero se autolesionará perdiendo una oreja.

Tercer periodo: los años de Saint Rémy y Auvers.

De propia petición (en momentos de lucidez viendo alejarse la cordura) será internado en el sanatorio de Saint Rémy de Provence donde permanecerá hasta volver a la región de París, a Auvers-sur-Oise, bajo la custodia del Dr. Gachet (Everett Sloane), médico, mecenas y fundamentalmente amigo, que no conseguirá liberarle de sus angustias. La música, siempre atenta, expresará el enajenamiento progresivo de Vincent, su irritabilidad y nerviosismo. Pondrá fin a su atormentada vida con un disparo en el abdomen.

Epílogo

En los créditos de cierre, la música recapitula la vida, obra y logros de Vincent Van Gogh y termina en tono triunfante. A pesar de su corta, miserable y atormentada existencia su obra perdura para siempre para disfrute y satisfacción de quienes amen la belleza.

 

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4 comentarios a Miklós Rózsa, El loco del pelo rojo.

  • Manu  dice:

    Estupenda reseña de una de las grandes obras de Miklos Rozsa por parte de Joan Bosch, que junto con su anterior reseña de "The Jungle Book", demuestra un profundo conocimiento de la obra de Rozsa. Ojala hayan más reseñas de este tipo, ya que en tiempos de reseñas "express", se agradecen este tipo de análisis profundos y bien fundamentados. Ojala se anime y algún día podamos verlos publicados en un libro.

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    • Joan Bosch hugas  dice:

      Muchas gracias Manu por tus comentarios. El libro ya está redactado pero la ya existencia del de Antonio Piñera inebitablemente obliga al editor a considerar si esto influiría en las ventas

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  • Víctor  dice:

    Joan Bosch es, dados sus enormes conocimientos musicales y la rigurosidad histórica con la que documenta sus reseñas a la hora de analizar una BSO, una de las personas más capacitadas para realizar un estudio serio y completo de la obra del maestro Rozsa.
    En formato libro? Tal vez como ebook, que posiblemente reduzca costes. Pero interesante por el valor de consulta que significaría disponer de una obra de este nivel.

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    • Joan Bosch hugas  dice:

      Muy agradecido Victor.
      Te remito a la respuesta al anterior comentario.

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