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Miklós Rózsa, El libro de la Selva.

 

EL LIBRO DE LA SELVA

(THE JUNGLE BOOK)

-1942-

Por Joan Bosch Hugas.

En los dos libros que constituyen el Libro de las tierras vírgenes y que contienen El libro de la selva Rudyard Kipling, vertió su fértil fantasía e imaginación, que se mantiene tan fresca ahora como en 1894-95, cuando lo concibió. Desde Esopo y La Fontaine que no se habían escrito fábulas que tuvieran como protagonistas a animales. Su conocimiento de la jungla india y de las costumbres locales hizo de esta obra una rara y única gema de la literatura mundial que proporcionó a Kipling la inmortalidad.

Prefacio: la jungla y sus gentes

Se abre un libro por sus primeras páginas. No existe más apoyo visual que los créditos impresos en sus hojas y sin embargo sentimos adentrarnos en un mundo de fantasía, exótico y cautivador, percibido en virtud del poder evocativo de la composición acompañante. Una melodía impactante, luminosa y retentiva que será el referente musical de la selva kiplingniana (tema de la jungla).

Finalizados los créditos, la composición abandona su esplendor inicial para en un tono más intimista, situar geográficamente la historia con sonoridades muy cercanas a la instrumentación étnica. Las imágenes presencian el encuentro de una viajera occidental con un anciano contador de cuentos que por unas monedas iniciará el relato…

La necesariamente húmeda penumbra de la frondosa selva hindú aparece como un idílico vergel de colores rutilantes acariciado por etéreas columnas de cálidos rayos que filtran entre la tupida vegetación alta. Aguas límpidas y cristalinas reflejan la imagen de gamos y cervatillos en un correteo grácil y saltarín. Nada hay amenazante. No se nos esconden los felinos, carnívoros depredadores, y sin embargo todo es armonía y placidez.

El relato del autor británico es un canto de amor a la naturaleza, un relato fantástico en el que el lector para disfrutar de su esencia deberá aceptar sus premisas argumentales: los animales tiene un lenguaje y unas leyes por las que se rigen sus acciones.

El anciano (un Buldeo -Joseph Calleia- envejecido) prosigue el relato y su descripción de la fauna selvática será una verdadera parada de animales a los que Rózsa proveerá de un comentario musical continuo que les infundirá cualidades que el escritor les atribuyó y que las imágenes, por sí solas, se muestran impotentes en su descripción. Primero serán los elefantes, Hathi y su tribu de silenciosos, los señores de la selva, los gigantes come hierba de parsimonioso y pausado desfilar marcado por tubas y trombones. Los lobos, hermanos de leche de Mowgli, serán representados por las trompas (aceptando el prototipo establecido por Prokofiev en Pedro y el lobo) interpretando un motivo en glissando que, más poética que miméticamente, nos sugerirá el aullido de los lobos. La socarronería de Baloo, el oso, el experto conocedor de las leyes, se podrá apreciar en la profunda cháchara del contrafagot. interrumpida por el sin ley, Jaccala, el cocodrilo, que taimado y voraz se esconderá en el ahogado gruñir de los metales con sordina. Encaramada en una gruesa rama encontraremos a Bagheera, la pantera negra, la dama de la noche, la sombra peligrosa y silente. Un sonido meloso y romántico se deslizará sensual por las cuerdas, de mismo modo que Bagheera se mueve silenciosa a través de la jungla. Y después, el villano de la fábula, el enemigo de todos los animales de la selva: Shere Khan, el rayado, el tigre, máximo representante de la “ley de la garra, el cuerno y el colmillo” a la que se halla sometido.

Su amenazante y característico tema será interpretado por los instrumentos graves incluyendo trombones con sordina. Sólo unos instantes para conocer a Tabaqui, el chacal, intrigante y carroñero, lacayo del felino, que un corto solo de oboe nos mostrará como inquieto y vivaz. Un gorgoteo del saxofón nos sugerirá la risa histérica de la hiena, lameplatos y rufián al servicio del tigre. Nuevamente oiremos la severidad del contrafagot, en esta ocasión para caracterizar el digno tema de Kaa la pitón, Kaa la sabia, Kaa la astuta.

En la frondosidad, una ciudad derruida y olvidada, que aún conserva vestigios de esplendores pasados, cobija en sus ruinas a los proscritos de la selva, los Bandar-log. Los monos inquietos y alborotadores que reciben el desprecio de los habitantes de la jungla por su carácter veleta e insensato. Registros agudos y figuras rápidas en las maderas, particularmente los pícolos, evidencian su loca algarabía sin sentido. Terminada la relación de los habitantes de la selva, el encanecido relator nos hablará de un día allá en las montañas de Seeone en que el hombre invadió los dominios de los animales. El bramar resonante del cuerno de caza de Buldeo, el cazador (cuando aún no blanqueaba su espesa barba patriarcal ni había hecho del arte de relatar su sustento) convocará a reunión a los futuros aldeanos poniendo fin al continuum musical para dar paso, ya cumplida la presentación, a una composición más selectiva con el inicio de la historia. Una presentación que posiblemente por el afán de no desvelar acontecimientos futuros se olvidará del siseante mascullar de la madre de las cobras mimetizado mediante variopinta orquestación con trémolos de las cuerdas en su registro alto, trompetas con sordina y agudos acordes en el arpa y celesta que recorren la espalda del espectador como un escalofrío.

Este planteamiento compositivo en base al leitmotiv, aunque de singular individualidad creativa, no es ni mucho menos original en su concepto. Camille Saint- Saëns en 1887 ya había concebido El carnaval de los animales, un delicioso ciclo de catorce retratos musicales de animales que sientan un claro precedente.

Primer pasaje: Mowgli, la rana.

Un descuido de unos padres ajetreados y un niño que apenas ha iniciado sus andares, anadeante e inseguro, se introduce con tranquila inconsciencia en la espesura de la jungla. Una sencilla melodía, rítmica, vivaz y charlotesca describe su despreocupada candidez (tema de Mowgli). Shere Khan, el tigre, olfatea su presa, el amenazante y un tanto histriónico tema de Shere Khan hace su presencia. El infante extraviado encuentra unos lobos y se introduce en su cubil. Ausente todo temor se incorpora al juego de los lobatos, pero pronto le vence el sueño quedando dormido al calor de los cánidos arrullado por el suave mecer de un solo de violín. Le pondrán por nombre Mowgli, la rana, y aprenderá las leyes de la jungla.

Segundo pasaje: Nathu, el hijo perdido.

Los años han pasado. Mowgli (Sabú) ya adolescente, observa a Shere Khan agazapado tras unos matorrales. El tema de Mowgli también ha madurado, mostrándose vital y desenfadado. El tigre lo persigue. El tema del felino compite con el de la jungla sobre un ritmo acelerado. Se encarama el acosado a un árbol desplazándose por medio de las lianas mientras glissandi de arpa remarcan la acción. En su huida encuentra un pueblecito y oye una dulce nana que una mujer canta a su hijito en la cuna:

“See the silver moon, «Observa la luna plateada,

Hear the breezes croon. escucha el murmullo de la brisa.

Jungle’s cradle tune. Canción de cuna de la selva.

Lulla-lullaby.” Canción- canción de cuna.»

Esta melodía, tierna, lírica y un tanto melancólica será empleada por Rózsa para representar la madre de Mowgli-Nathu, incorporándose al variopinto y amplio espectro de temas identificativos, auténticos leitmotiv que se interrelacionan, surgen o desaparecen a indicación del argumento, atentos a las imágenes.

Tercer pasaje: la selva rozsaniana.

Mowgli ya ha aprendido el lenguaje de los hombres y se va acomodando a sus costumbres, pero su corazón se encuentra apesadumbrado por la nostálgica llamada de la jungla. Oye su llamada “con mil voces, el silbido de los árboles, la canción de los alados…” Trabará amistad con la hija de Buldeo, a quien conducirá a la selva introduciéndola en sus maravillas. El tema de la jungla que había iniciado la cinta enfático y orgulloso no desaparece en esta introducción selvática acomodándose con mesurada discreción a una atmósfera mágica, envolvente y etérea que nos remite al fantástico y seductor cosmos sonoro de Maurice Ravel y muy particularmente a su ballet Daphnis et Chloe.

La fábula proseguirá evidenciando la codicia y maldad del género humano frente al sabio equilibrio del reino animal y su simbiosis con el entorno. Mowgli pondrá fin a la vida de Shere Khan y retornará a la selva clausurando la composición el tema de la jungla soberbio y triunfante.

Conviene advertir que en las versiones dobladas de la película, catalana y española, que hemos podido visionar, la banda sonora no se corresponde con la ideada por Miklós Rózsa y que todos los comentarios aquí expuestos resultarán faltos de lógica y razón a quienes no puedan acceder a la versión inglesa original. Es lamentable, pero en la sala de doblaje se perdió en gran parte ese aroma de fábula fantástica con que el músico de Budapest potenció las imágenes. El filme falto de la poética prosa del escritor británico nacido en Bombay del cual Borges dijo: “Era, después de Shakespeare, el único escritor inglés que escribía con todo el diccionario”; carente de los espectaculares avances en el campo de los trucajes y efectos especiales (carencia fácilmente asumible), pero sobre todo huérfano del encanto imperecedero de la música de Rózsa (vacío imposible de aceptar) queda sensiblemente mermado en sus logros provocando la justa indignación y sensación de impotencia en los amantes del músico y del séptimo arte en general.

Alentado por el éxito popular obtenido por Prokofiev con Pedro y el lobo, Rózsa adaptó su música creando una pieza concertística para orquesta y narrador, que en forma de suite recogía los compases más significativos de la composición; y fue a esta versión a la que le correspondió el histórico papel de ser la primera música de película que dispuso de una grabación comercial. La RCA produjo tres registros de 78 rpm, con el autor dirigiendo la NBC Symphony Orchestra con Sabú como narrador. Posteriormente, en 1957, se realizó una nueva grabación con Leo Genn como narrador y Rózsa al mando de la Frankenland State Symphony Orchestra.

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