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La la land, La ciudad de las estrellas, Justin Hurwitz.

Está claro que cuando una película se pone de moda todos los espectadores acudimos en masa a verla. Poco importa como esté hecha, o que contenga más o menos calidad. Pareciera como que si el que no vea esa película en cuestión, o no le guste, ya fuese un bicho raro. A mí me pasó no hace mucho con Un monstruo viene a verme (2016), de la que ya hablaré en otra ocasión, y me ha vuelto a suceder con La ciudad de las estrellas (2017). Es casi seguro que los próximos premios Oscar van a recaer en esta cinta musical dirigida por Damien Chazelle, autor de la sobrevalorada Whiplash (2014), que ya ha sido triunfadora de otros premios como los Globos de Oro. Ahora bien, ¿Es una película tan bien realizada como a priori se nos vende? La respuesta es no. Es obvio que a Damien le gusta la música, ya quedó corroborado en su anterior film, y que sus obras tienen buenas intenciones, pero se pierden en muchos aspectos. Chazelle no es Minelli, ni va a llegar a serlo, por lo que la dirección en este intento de recuperación de los musicales queda muy mal parada. Lo mismo ocurre con el guión escrito por el mismo director que, como he dicho, intenta recuperar la esencia de los viejos musicales, sin éxito.

Sucede de igual manera en otros apartados de la producción, como el actoral por ejemplo, o el musical, del que hablaremos más en profundidad. La pareja protagonista está formada por Emma Stone y Ryan Gosling, y de todos es sabido que no son cantantes ni bailarines, eso es algo que no se discute, pero en este film sus actuaciones no son nada reseñables. No como para ser galardonados con todos los premios habidos y por haber. Quizá Gosling sea algo más soportable que la inexpresiva Stone, pero no lo suficiente como para ser premiado.

El director en ocasiones intenta imitar el cine musical de los años 50, con secuencias en las que los decorados, la fotografía, la música y la coreografía deberían ir en armonía, nada más lejos de la realidad. Es más, en algunas ocasiones resultan ridículas.

Y llegamos por fin a la música, parte esencial de un musical, por supuesto. Tanto las canciones como el score incidental están escritos por Justin Hurwitz. Y ahora bien, se preguntaran quién es este músico que va a ser galardonado con el próximo Oscar a la mejor música original, y también canción. Hurwitz es un joven autor americano, que ha entrado en el cine dada su asociación con Damien Chazelle desde su primer film Guy and Madeline on a Park Bench (2009), como no podía ser de otra manera, también dedicado a la música. A parte de la colaboración con su director fetiche, poco más se puede decir de la carrera de Justin, excepto que ha participado en algunos episodios televisivos, siendo lo más importante uno de 2011 de Los Simpson. Me atrevo a decir que Hurwitz va ser el triunfador musical, porque en Hollywood son muy previsibles, y si esta película ha gustado, qué menos que otorgarle todos los premios, sin tener en cuenta si son merecidos o no, eso es lo de menos.

En cuanto a la partitura y las canciones, ¡cómo calificarla! Pues al igual que su director, el joven músico intenta imitar bandas sonoras clásicas, sin ningún criterio ni fundamento. Aunque es un músico bisoño, les puedo asegurar que no va a llegar jamás a la altura de grandes clásicos como Georges Gerwhin, Gene De Paul, Harry Warren, Henry Mancini, Frederick Loewe, André Previn o Michel Legrand, por citar unos cuantos.

Para esta banda sonora, Justin crea una serie de temas clásicos y jazzísticos. Los primeros los utiliza para subrayar y acompañar la historia de amor entre los dos protagonistas. Entre estos, destaca uno de sus temas, se podría decir que es la melodía de amor del film. Aparece a lo largo del score en diferentes variaciones, ya sea cantado por los protagonistas, a piano, o con acompañamiento de orquesta. Es un corte que se deja escuchar bien, pero ni mucho menos es una de las grandes composiciones de amor utilizados en esta clase de películas. Eso sí, aquí es lo mejor de la partitura. Siguiendo estos parámetros, Justin escribe otros temas románticos, donde el piano o la flauta por ejemplo son los principales soportes, junto con el empleo saturado del arpa, en clara mención de lo mágica que es la película y maravillosa que es la cinta, nada más lejos de la verdad. En otros, el joven autor utiliza el xilófono o el clarinete de forma suave para acompasar breves escenas donde surge el amor, son de tono desenfadado.

Este mismo acento es el que adopta Justin para crear el ambiente necesario, o eso cree él, para el desarrollo de la historia. El personaje del pianista (Goslind) y de la camarera (Stone), no solo mantienen una historia de amor, sino que desean triunfar, uno como músico y la otra como actriz. Ese deseo y ensueño es reflejado en la música, con temas donde las orquestaciones redundan en la vitalidad y ganas de triunfar de los dos jóvenes.

Por último tenemos los temas de jazz en clara referencia al personaje del pianista, que interpreta música de este estilo en tugurios nocturnos. El compositor intenta, sin suerte, imitar el estilo compositivo de autores como Mancini o Legrand. Sonidos inconexos de la batería, un piano sin alma y trompetas y saxo sin sentido, deambulan por el score como un ciego por una calle abarrotada.

Quizá hoy en día estemos muy necesitados de buen cine, y veamos obras maestras donde no las hay. Cuando vemos una película de este estilo, al menos para mí, lo único que se refuerza es la admiración por las producciones clásicas. ¡Qué bien realizadas estaban!, y qué buenos momentos nos dejaron en la retina. Siempre nos acompañarán y siempre estarán en nuestro recuerdo. No se puede decir lo mismo de este film, aunque ahora tenga hipnotizado a la inmensa mayoría de espectadores, dentro de unos años nadie se acordará de él, ni de su música.

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