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Giallo, Marco Werba.

Por Antonio Pardo Larrosa.

Definir las cosas que nos rodean no siempre resulta una tarea fácil, máxime cuando intentamos con cierta objetividad aplicar esta o aquella definición a una u otra cosa que por su naturaleza equidista mucho del punto de origen. Encontrar esa ilación –según algunas fuentes, equilibrio- entre una idea y el hecho al que se refiere exige del escritor un concienzudo ejercicio de imaginación, una promiscua capacidad intuitiva que hace que la percepción de la realidad cambie a su antojo. Tomemos por caso el concepto al que llamamos ilusión y definámoslo de la siguiente manera: percepción que a veces es más auténtica que la propia verdad… Si tomamos por válida esta definición, entonces, cobrará sentido la relación que lo une con la realidad que conocemos como cine, ese maravilloso engañabobos de magos y prestidigitadores que desde los tiempos de Méliès a los de Spielberg, pasando por los de Miyazaki -adalides de la entelequia y la imaginación-, lleva generando ilusión allí donde se exhibe. Esta pseudo fantasía generada por la relación entre el escritor, el músico y el director tiene su representación u origen más honesto en los trampantojos que adornan las interminables salas de palacios y palacetes que altivos gobiernan la imaginación de los transeúntes, afortunados espectadores que deambulan ojipláticos por sus regios pasillos. Hace bastante poco yo era uno de esos despistados transeúntes que, libreta en mano, andaban por los inacabables pasillos del palacio-convento de Mafra –considerado como el “Escorial Portugués”- o por los del de Da Pena, en la alegórica ciudad de Sintra, Portugal, dos maravillas de la sinrazón humana que albergan en su interior estas increíbles pinturas. Reflexionando sobre la relación que los trampantojos tienen con la música y el cine llego a comprender que su conexión con el séptimo arte es bastante más estrecha de lo que a priori pudiera parecer. Esta antigua técnica pictórica que crea esa ilusión parece tan real que como he dicho unas líneas más arriba: […] a veces es más auténtica que la propia verdad […] Esta representación que suele enredar al ojo con la efímera realidad puede ser extrapolada a la industria cinematográfica donde hay más trampantojos por metro cuadrado que picapleitos a sueldo.

Ahora bien, la cuestión fundamental estriba en encontrar la relación que identifica a esta idea –subordinada al trampantojo- con la música cinematográfica de nuestra época, vínculo que se establece a través de un lenguaje narrativo que se utiliza con bastante asiduidad para crear ilusión. Pero esto que de suyo es cierto viene determinado por la calidad de dicha técnica que, en ocasiones, resta más que suma provocando que el trampantojo musical –a partir de ahora lo llamaré así- adolezca de credibilidad. En la música actual, sobre todo en la que se utiliza para musicalizar las películas de terror, y en menor medida los thrillers, esta herramienta queda sobreactuada en función de la necesidad que el director y el guionista de turno tienen para enfatizar una escena u otra. Esto que puede parecer confuso, no lo es tanto si se observa con atención la cantidad de efectos de sonido que se utilizan hoy día –obviare el indiscriminado uso de los temp-tracks- para crear una atmósfera residual que puntualice la tensión de esta o aquella escena. Por eso, no basta con utilizar un trampantojo cualquiera que simule, ora una determinada escena, ora la realidad de alguno de los protagonistas, ¡no!, es necesario que este sea tan creíble que el espectador acabe por confundir –aquí reside la fuerza del discurso musical- lo que es real de lo que no lo es.

Trampantojos musicales hay tantos que, por decirlo de un modo sutil, la música de estos géneros cinematográficos a los que hacía mención con anterioridad se ha “prostituido” en exceso adulterando la idea primigenia que está implícita en esta técnica pictórica, y que no es otra que la de crear una ilusión tan real que lo que aparece ante nuestras miradas quede impreso en la retina como algo auténtico. No es cuestión de listar las producciones que a lo largo de los años se han caracterizado por no utilizar con inteligencia este recurso, no sería honesto y caería en un subjetivismo demasiado precario que nada aporta a la crítica que nos ocupa, pero si diré, por aquello de discriminar para edificar, que en esta categoría no se encuentra el compositor madrileño Marco Werba –Native (2011), Il Conte di Melissa (2000)-, uno de los trampantojistas musicales más interesantes de la actualidad, y que me perdonen los académicos de turno… Esta idea viene refrendada por la composición de su obra Giallo (2009), película dirigida por Dario Argento y protagonizada por Adrien Brody, Emmanuelle Seigner y Elsa Pataki. Giallo evidencia que Marco es uno de los garantes de esa generación de músicos neoclásicos –orquestación, narración y sentido escénico- que luchan, a brazo partido, contra las corrientes compositivas norteamericanas que han hecho del trampantojo musical un elemento de segundo orden. Pero vayamos por partes.

La producción dirigida por Dario Argento se mueve entre el thriller psicológico y el terror –subgénero cinematográfico llamado “Giallo”, basado en novelas policiacas publicadas en los años 30 en Italia cuyas portadas eran amarillas-, en un intento por recuperar el estatus que lo encumbró en la década de los 70 con títulos como El pájaro de las plumas de cristal (1970) o Cuatro moscas sobre terciopelo gris (1972), películas que exportaron este género iniciado por Mario Bava –Diabolik (1968), L’ecologia del delitto (1971)- fuera de las fronteras italianas. Ahora bien, Giallo es un desafortunado intento de recuperar la esencia de estas interesantes producciones que otrora marcaron la carrera del director romano. Con un guión para olvidar (Jim Agnew, Sean Keller) y unas interpretaciones poco creíbles, lo único que se salva de la quema es la música escrita por Werba, un compendio de las mejores virtudes musicales del género. Esta fallida recuperación llevada a cabo por Argento se sostiene única y exclusivamente por la aportación musical que, de un modo efectivo y honesto, crea esa ilusión casi real que he definido con anterioridad a través del trampantojo. El compositor otorga el equilibro necesario –elemento indispensable para la creación de un buen Giallo- para que la historia sea verosímil, al menos en parte, porque en esta ocasión ni las buenas intenciones, ni la coherencia narrativa del músico redimen la desconcertante propuesta del director.

Ese espíritu neoclásico de Werba, heredado de los grandes maestros italianos, queda patente en la sobria orquestación que el madrileño utiliza para remarcar la tensión generada por una trama que no deja lugar a la interpretación, una puesta en escena que deambula entre la incertidumbre psicológica y el carácter emocional, los dos grandes pilares sobre los que se asienta la partitura. Sobre el primero, que es el que narra la parte más oscura y psicológica de la película, el músico elabora un interesante e intenso leitmotiv –presentado por primera vez en los títulos de crédito, (Main titles)- que anticipa la parte más sombría de la historia, una línea melódica que toma, gracias al uso de la cuerda y las percusiones, un cariz sibilino cuando se asocia a Giallo, el siniestro personaje “amarillo” que encarna el asesino en serie. Esta es una música de situación que tiene continuidad con la presencia del oscuro personaje, ya sea en las secuencias donde aparece el taxi como instrumento de lo macabro –Taxi Killer/Trapped in the taxi-, retomando la idea principal que ya asociamos a Giallo, ya sea en las escenas que lo identifican con la propia narración –Killer´s Escape-, es decir, aquellas en las que el protagonista siempre está presente. Así mismo, Werba también reutiliza esta melodía para acentuar el lóbrego pasado del inspector utilizando el flashback para relacionar, a través la misma idea, el pasado con el presente. Distinto tempo, distinta orquestación, pero la idea sigue siendo la misma, la de subrayar las alteraciones psicológicas de ambos personajes. A esta primera idea, o tema de Giallo, se opone el contra-tema romántico de la historia –Love Theme (Linda´s Theme)- que además de servir como elemento de descarga a la tensión generada por la presencia del primero, sirve, desde una óptica apesadumbrada y nostálgica, para definir, ora la relación que se establece entre las dos protagonistas femeninas y que está condicionada por la distancia que las separa, constante a lo largo de toda la historia; ora para establecer el superfluo vínculo emocional entre Enzo (Brody) y Linda (Seigner), relación que queda desdibujada por la presencia del segundo tema… un leitmotiv fraternal y no sensual. Quizás esta idea sea la única tabla de salvación a la que se aferran tanto la protagonista (Linda) como el espectador, que desde el principio buscan en su desarrollo el tan ansiado final feliz. Entre estas dos ideas, a las que llamaré, idea A e idea B, se entrelazan un gran número de pequeños motivos que van haciendo que este fantástico trampantojo ideado por Werba se muestre, si cabe, más creíble a medida que se van desarrollando los acontecimientos. La idea A y la idea B sostienen el ritmo narrativo, pero las abundantes reinterpretaciones que el músico hace de estos temas consiguen que la armadura se sostenga pese a la inconsistencia de la historia, estamos, por tanto, ante una gran lección de música cinematográfica que evidencia la enorme calidad de un compositor que está llamado a escribir grandes páginas musicales.

A tenor de lo expuesto, y a modo de epílogo, se puede colegir que la realización de la banda sonora de esta película recuerda a esos trampantojos que de un modo deliberado crean una ilusión que, a veces es más auténtica que la propia verdad… dejando la labor de Werba muy por encima de la realidad contada por Argento, un director que no ha sabido adaptarse a los cambios que se han ido produciendo en la industria del cine, resulta curioso observar como la trayectoria de Marco, un músico de la tierra que por razones que todavía no llego a comprender sigue sin trabajar en nuestro país, se ha desarrollado con éxito en Italia, un país que trata bastante mejor a sus artistas que el nuestro.

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