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Bernard Herrmann, Cumbres Borrascosas.

Tras terminar el día de labor, salí de la oficina. Iba acompañado de los compañeros, hablábamos de las cosas cotidianas del día, y por un momento me sentí aliviado. Mi mente estaba descansando, ojalá hubiera sido por mucho tiempo. Pero no fue así.

Me invitaron a acompañarlos a la ópera. Acepté encantado, representaban la obra Wuthering Heights del compositor norteamericano Bernard Herrmann.

Regresé a casa, el tiempo estaba nublado y empezaba a oscurecer. Me sentía extrañamente animado, quería seguir en este estado y olvidarlo todo. Esta noche iba a ser especial, pensaba pasármelo genial con mis compañeros. Veríamos la ópera y después iríamos a cenar y tomar unas copas, me apetecía.

Me arreglé y acicalé y me dirigí a la Ópera de París. Al llegar al edificio, tras pasar por enfrente de otro emblemática edificación, La Madeleine, me detuve en la acera que da justo a un lateral de la Ópera. No podía contener el entusiasmo al contemplar semejante construcción. Cada vez que acudía a un evento celebrado en esta simbólica construcción, venía a mi pensamiento la obra cumbre de Gaston Leroux, junto a El misterio del cuarto amarillo, me refiero por supuesto a El fantasma de la Ópera, ambientada en su interior.

Mis compañeros esperaban en la puerta principal. Me reuní con ellos. Tras los saludos, entramos en el interior de la ópera. La sensación inmediata cuando traspasas el pórtico, es la de estar como en otra época, una sensación que me hacía sentir muy bien. Tras pasar por taquilla, disfruté sentado en los sillones forrados de una gamuza de color rojo del impresionante recibidor. Las columnas de estilo dórico, adornaban una entrada en la que destacaban los vistosos baldosines de llamativos dibujos y unos techos majestuosos.

Cuando por fin desperté de mi sopor, entramos para disfrutar de la obra del genial y a veces excéntrico Herrmann. La composición estaba basada en la novela de Emily Brontë Cumbres Borrascosas, pero poniendo especial énfasis en la primera parte del romance. El libreto corría a cargo de Lucille Fletcher. Ya en 1939, el maestro Alfred Newman escribió el excepcional discurso musical para el film de William Wyler Cumbres Borrascosas, en la que Merle Oberon y Laurence Olivier nos deleitaban con sus interpretaciones al son de las exquisitas melodías de Newman, que mezclaba de manera sublime el romance con el suspense.

Herrmann utilizó partes de su música para el film El fantasma y la señora Muir (1947), aunque no se sabe con exactitud si fue al contrario, puesto que la Ópera que nos acontecía fue escrita entre 1943 y 1951.

Habíamos reservado un palco en el primer piso para los cinco. Subiendo las escaleras que accedían a la planta en la que se encontraba nuestro palco, acudían a mi memoria las palabras y descripción por parte de Leroux en su sempiterna novela. ¡Qué maravilla de peldaños!, si uno se fijaba con atención percibía el desgaste de los mismos en la parte cercana a los pasamanos. En ellos se podía ver el paso de los años, y uno pensaba en la cantidad de gente, con sus historias y pesares que habrían pasado por esos escalones.

La magnitud de la Ópera era sobrecogedora, las lámparas con chorreras auténticamente del siglo XIX, aderezaban un impactante y bello cuadro digno de presenciar in situ.

Al entrar en la estancia, el acomodador nos enseñó nuestros asientos. Era fabuloso poder asistir a una representación en este escenario majestuoso. Los músicos estaban abajo poniendo a punto sus instrumentos, en cuestión de minutos los asientos iban llenándose del gentío. En cuanto se hubo completado el aforo, y todo el mundo ya estaba sentado en sus respectivos sitios, dio comienzo la representación.

Los acordes embelesados de Herrmann penetraban como un perfume embriagador en mi alma, a través de los oídos. La belleza y embriaguez de la música era evidente en cada nota escrita por el maestro.

Estaba sumido en un éxtasis musical del que desperté bruscamente en cuanto la obra adquirió una parte más abrupta en su estructura. En ese momento en el que los metales y la percusión acompañaban la voz amenazadora y más dura del tenor, levanté la cabeza y pude contemplar los palcos de la segunda planta del recinto. Un golpe brusco de platillos fue el precursor de la obsesionante visión que tenía frente a mí. En uno de los palcos superiores, completamente en soledad estaba el motivo de mi locura, era ella sin lugar a dudas. Mis ojos se cruzaron con los suyos, no miraba la obra, me observaban a mí casi como si fuera una estatua. Sus penetrantes ojos no dejaban de mirarme, no parpadeaba, no movía ni un solo dedo. Pareciera que estuviera perenne en su asiento.

La música se suavizó repentinamente, y pude observar entre los acordes celestiales que interpretaba la soprano, con una voz deliciosa, la cautivadora belleza que penetraba el alma de cualquier ser vivo.

Por un momento creí que todo era un sueño, así que cerré los ojos durante un minuto, pero al volver a abrirlos ella seguí en su asiento con la mirada clavada en mí. ¿Qué podía hacer? Durante unos instantes me quedé petrificado sin saber cómo actuar. Miraba a mis acompañantes, ellos no se percataban de mi inquietud y nerviosismo, Yo intentaba no dar señales de ello. Cuando por fin me decidí a intervenir, me disculpé a mis compañeros, diciéndoles que iba un momento a los aseos. Fue en el preciso instante en el que acababa el segundo acto, y habría un receso para descansar. Muchos de los asistentes salían a los aseos o simplemente comentaban los dos primeros actos de la obra. La multitud hacía complicado el subir hacía el segundo piso. Me disponía a ello, estaba empeñado en desenmascarar de una vez por todas a esa misteriosa mujer. Entre disculpas y algún que otro empujón que me proporcionaban de manera gratuita, logré llegar al piso superior, el descanso de la obra duraría unos veinte minutos, tiempo de sobra para dar con el motivo de mis delirios.

Cuando al fin hube llegado arriba, el gentío me impedía traspasar la puerta en la que yo creía que se situaba el palco en la que había visto a esta mujer. Me acerqué con cautela y algo de nerviosismo. Mi mano temblaba cuando me disponía a girar la manilla de la puerta. Logré coger fuerzas de donde no las tenía, y la hice girar. Ante mi asombro, comprobé que estaba cerrada con llave.

 

 

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