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Reflexiones de música de cine.

ALMA SONORA ORIGINAL

La mañana que Red se despidió de la prisión estatal de Shawshank la música de Thomas Newman lo acompañó pausada, muy diferente al estallido de sucio barro y alcantarilla maloliente que sintió Andy al escapar de allí: trágicas notas de estallido hacia la libertad con las que todos nosotros sentimos la lluvia resbalar sobre nuestro rostro a la par que notamos la ausencia de claustrofóbicas paredes que nos condenaban a estar muertos en vida. Y de eso se trata. No tan solo del reflejo fantástico de la música para por la imagen que trata de perdurar en el eterno de nuestra mente ya para el resto de los venideros años; Sino de la exclamación sonora que siente todo nuestro corazón mediante la emoción que embarga cualquiera de nuestros sentidos en esa exposición hacia lo que se denomina banda sonora de cine y a la que sin duda se debería llamar alma sonora de nuestra vida.

Es archiconocido el tratamiento que se le da a éste nuestro género musical, asociándolo a orfandades supuestas ( qué sería de Superman sin la fanfarria de John Williams, tendría sentido la consecución de las libertades de William Wallace sin las bellas notas de nuestro añorado James Horner, sería el Cinema además un Paradiso, tal y como lo recordamos si el maestro Morricone no hubiera conectado lo terrenal con lo celestial nada más abrir la ventana que inicia dicho film) y disociándolo en crueles ataques viscerales hacia su buen uso para el ente de la pantalla, creando un debate interminable entre lo que está bien y lo que está mal en el uso de las bandas sonoras en la industria destructora del actual cine y la temible televisión seriéfila.

Pero aquí tan solo he venido a hablar de música y vida: Esa tranquila habilidad de nuestros pensamientos intocables del día a día, que se saludan los unos a los otros tras escuchar una determinada melodía que nos hará diferentes ya para el resto del camino vital.

La tendencia de los homos no sapiensis que apenas me reconocen por la calle salvo por ser un hombre pegado a un universo particular, es la de que mi teoría, mi praxis de neo soñador, es una total exageración. Y entonces yo digo ¿Qué diantres ocurre? Fácil para mí: Magia. O en otras palabras, una conexión mística que se da entre la sucesión de notas escritas tras el miedo al pentagrama vacío, la savia que se extrae que no es otra cosa que la melodía, su autor perenne, inmortal o resquebrajado conjunto de huesos musicales y a veces hasta el propio encaje en el film donde trata de expresarse como tal. Esa simbiosis es similar, salvando las distancias, de aquel sentimiento que sucede al observar por primera vez un recién nacido en las manos de su madre: el tiempo se come al espacio a mordiscos pequeños hasta acabar deteniéndose ambos al verse la cara y reconocer un algo inexplicable que acaba de suceder. Es lo que yo denomino el peso del alma que se nota en mis oídos: un sencillo instante imperceptible en el que, ese sinfín de sensaciones a raíz de una simple composición para unas imágenes ajenas o cercanas a mis otros sentidos, revoluciona mi momento para convertirlo en inmersión y lejanía.

La primera vez que escuché música de cine y me dije a mí mismo: ahora y a partir de ahí empieza todo lo demás, fue con la partitura de Willow de James Horner. He tenido la suerte de nacer en edad de crecer con el cine de los ochenta, noventa y acoger gran parte del final de los setenta, por lo que, llegar a ese principio y a mi notoria personalidad romántica se explica tan sencillo como rápido. Si bien no fue el primer estallido ya que Williams siempre ha ejercido una notoria fuerza a la vez que pasmosa calma en mi vida ajetreada de niño desencajado musicalmente hablando. Pero creo que es ahí donde está mi principio, mi caída y resurrección: el auténtico inicio de mi desconexión a la simplicidad del cine para honrar su música con mis sentimientos humildes.

No se trata de la composición más increíble del mundo, ni si quiera es la mejor obra de James Horner, pero aquí querido amigo (te llamaré así porque si sigues aquí es porque en el fondo tú también eres un romántico/a de las emociones sensoriales de la música de cine) se activó eso que unos llaman amor cuando todo es sexo con una batuta de director de orquesta, la panacea que buscaba Willow que no era otra cosa que devolver a Elora Danan a su mundo, con los suyos, hacer el bien por encima de lo establecido, como tantas y tantas veces todos nuestros queridos y añorados compositores hicieron sin saber más que en el poder de la mente, el corazón y las notas radica el antes y el después de los porqués de las miserias mundanas. Horner se alzó sin voz, utilizando apenas unos compases fantásticos que consiguió que Val Kilmer fuera un caballero andante con el brio de una trompeta galáctica, y mi butaca ya jamás fuera la misma.

Los hechos son sencillos. Nadie es mejor que nadie a la hora de dominar la parcela emocional, puesto que no todas las músicas coinciden con el estadio mental, físico y del alma de quienes la escuchan. Si bien hay músicas que son eternas, hay fragmentos que parecen olvidados o caídos de esos ránkings interminables, recopilatorios malditos, estudios de la técnica depurada de tal y cual, y onces de gala con tridentes, que, por alguna extraña razón, uno guarda como canica de la suerte en la trastienda de su corazón, aquel lugar frecuentado por uno mismo, con decenas de contraseñas de seguridad, que tanto nos ha visto explotar de alegría al unísono de miles de derrotas consoladas por esas pequeñas cosas llamadas sagradas dada nuestra devoción, por la extraña razón que sea. Ahí es donde el alma sonora guarda sus sueños, donde viven las notas necesarias, las justas medidas y el momento adecuado para que vuelva esa suite eternamente a punto de caramelo.

Y no, querido amigo, amiga querida. No tengo la llave mágica que abre la elección de cuál o porqué una banda sonora llega más que otra. No. Si bien Ben Hur siempre te transporta allí donde un pobre esclavo se hizo a sí mismo; el jovencísimo Dr.Jones siempre nos recolocará con su marcha elegíaca montada a caballo; Sin el maestro barbudo no habría fuerza alguna que moviera un super destructor y las estrellas no creo que fueran de la muerte sin él; la misión a realizar por los sacerdotes cristianos quedaría en entredicho sin oboé de Gabriel; creo que tampoco la roca sería real sin ese hombre de nombre Hans, que hizo oscuro a un caballero y a un paisano de Mérida el más grande de los Gladiadores de la historia actual del cine…

La lista sería interminable. Todos los que acuden con un lápiz a escribir partituras son desde ya maestros y aprendices que buscan extraer de dentro de su parcela, el sentimiento que su lóbulo capta al observar mundos imposibles, persecuciones a tortazos o el drama más íntimo que nos invada cual amanecer venido a menos por el olvido de quien no es capaz de verlo.

Todos sois nuestros pequeños momentos de vida y a la vez no todos cabéis en los bolsillos repletos de muchos abrazos en clave de sol. Pero si de algo estoy seguro es que, en el momento en que todo se derrumba, en el subidón más grande de las alegrías rutilantes de mi caminar, allí siempre están, como los amigos que siguen el rail en Cuenta Conmigo, como la lista de esperanza de Shindler, dolorosa cuando sufro, llorando como ese violín; si me apago vuelo con Elliott, y cuando todo no tiene sentido cojo mis bártulos y camino hacia la Perdición; sois tantos y tan pocos estáis preparados para mi alma que os pido perdón por el olvido y os doy las gracias por robarme ese peso de 21 gramos cuando menos me lo espero, que suele ser cuando mi guardia más que baja, anda arrastrando su guadaña por el suelo.

Y allí seguiré, amando la música, perdiendo el tiempo en ganar vida, sumando melodías en mis almohadas de insomnio y ovejas bañadas en el café de la noche, recogiendo fragmentos de vuestros intentos por emocionar, y esculpiendo ilusiones generadas por esa música del alma que cambió mi vida para siempre jamás:

Y aunque sé cuán lejos estamos, ayuda a pensar que podríamos haber logrado a la misma estrella brillante. Y cuando los vientos de la noche empiezan a cantar solo una canción de cuna, ayuda a pensar que estamos durmiendo bajo el gran cielo. En algún lugar, si el amor nos puede ver a través, vamos a estar juntos… En algún lugar, donde los sueños, se hagan realidad.”

James Horner

Javier Pelegrín Parra, Junio 2016

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