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Pascal Gaigne, El Olivo.

En estos tiempos de desarraigo familiar y de total desinterés por la tierra, hay que alabar proyectos como El Olivo. El film de Icíar Bollaín habla de eso, de las malas relaciones familiares, en este caso de Alma, la protagonista de esta historia con su padre. La razón de todo el conflicto se debe a la venta de un olivo centenario, muestra del cariño que su abuelo le había transmitido por la tierra, y que alma había hecho suyo. Al cabo de los años, ya siendo adulta ve como su abuelo se va diluyendo en sus pensamientos y añora su árbol, el de los dos, en el que habían pasado muchos buenos momentos. Aunque todos la toman por loca, decide buscarlo, encontrándolo en una empresa alemana que se dedica, casualidades del destino, a destruir el planeta en su afán de enriquecerse. Lo más absurdo es que lo usan como logo, y se encuentra plantado en el interior de sus instalaciones. Pues bien, la joven no duda ni un instante en hacer un viaje hacia sus raíces, en busca de tan preciado tesoro, que haga volver de la nada a su abuelo, tal es el amor que siente por él.

El argumento es muy bonito, y tiene escenas que me retraen a mi niñez, Bollaín cuenta con la ayuda de un maestro de los sentimientos como es el compositor Pascal Gaigne. El francés escribe una vez más un score soberbio, sin grandes orquestaciones ni ampulosas melodías, pero no hacen falta. La música de Gaigne gira alrededor de un leitmotiv principal que se puede escuchar desde el comienzo del film. En un principio solo se oye cuando aparece Alma en pantalla, es una música muy decidida y vistosa, al igual que la protagonista. Este tema es usado por el compositor para retratar el sentimental y arriesgado viaje que Alma, junto a un amigo y su tío, víctima como tantos de la crisis, comienzan. Es entonces cuando Gaigne va incorporando sentimentalmente a los demás protagonistas de la historia, uniéndolos poco a poco. Su música va unificando a la familia, y acercando a Pedro, el amigo enamorado de Alma, al que ella no presta demasiada atención. El piano como principal reclamo se encarga de llevar las riendas de esta bella melodía, siendo acompañado por la cuerda y el acordeón. El tema principal está dedicado a la obstinación y perseverancia del poder del amor por su abuelo y la tierra.

El compositor aplica otros temas en los que la melancolía es más evidente, son usados en momentos puntuales del metraje, como cuando Alma contempla de noche el lugar donde estaba plantado el olivo, o cuando se entera de la muerte de su abuelo. El sintetizador, la cuerda y la celesta sumergen a la joven en sus recuerdos, es una música que va muy unida a ella y la tierra. “Son la memoria, las raíces, la magia de la memoria”, me comentaba Gaigne en una de nuestras conversaciones, y que razón tiene.
La película no contiene mucha música, pero tampoco le hace falta, aparece justo cuando tiene que hacerlo, sin estorbar el devenir del argumento, sino ayudando a su desarrollo. Hace ya mucho tiempo que Pascal se ha convertido en uno de los compositores más interesantes del panorama nacional, lo demuestra en cada uno de sus nuevos trabajos. Con El Olivo, ha profundizado sentimentalmente en unos terrenos que el ser humano tiene algo olvidados, las raíces con la tierra, y la familia, auténticos pilares de la armonía y la paz interior, bravo maestro.

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