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Alan Menken, El jorobado de Notre dame.

The Hunchback of Notre Dame

Por Antonio Pardo Larrosa.

Renovarse o morir –idea nacida de la fértil mente de Unamuno, “el progreso consiste en renovarse”- parece ser que fue la consigna de los estudios Disney allá por los años 80 cuando decidieron cambiar el rumbo que las películas de animación habían tenido hasta la fecha. La idea estaba clara, recuperar el musical que tan buenos resultados les había proporcionado en los años 30 –Snow White and the Seven Dwarfs– y 40 –Pinocho– con producciones tan interesantes como originales que basaban parte de su éxito en un buen puñado de canciones que, a su vez, servían de nexo –la música como elemento narrativo- entre las distintas partes de sus respectivas historias. Renovarse o morir, tuvo que ser la frase más escuchada por los ajetreados pasillos del estudio que veía como sus últimas producciones animadas se inmolaban –The Black Cauldron (1985)-, una tras otra, en el interior de las salas de cine de medio mundo. Ahora bien, cuando parecía que todo estaba perdido la productora anunció “a bombo y platillo” que su próximo proyecto trataría sobre una sirena que ansiaba ser humana, poco más o menos. Así, con más fe que presupuesto, vino al mundo The Little Mermaid (1989), un musical a la vieja usanza que pretendía, entre otras muchas cosas, recuperar la esencia que antaño había definido a las historias animadas de la Disney. Ahora bien, visto con cierta perspectiva se puede decir que esa sirenita –mención aparte merece Menken- fue la causante de que la productora sufriera un renacimiento que a día de hoy todavía sigue en la memoria de millones de aficionados adictos a este género.

Renacimiento

Este renacimiento que volvió a colocar a la productora en el centro del universo tuvo su continuación durante dos décadas más, tiempo donde uno tras otro sus musicales arrasaban, ora en la taquilla, ora en la ceremonia de los Oscars, llenando las arcas de la criogénica productora. Títulos tan conocidos como, Beauty and the Beast (1991), Aladdin (1992), Pocahontas (1995), Hercules (1997) o The Hunchback of Notre Dame (1996) –su obra más lograda- dan fe de los cambios que la Disney había introducido para intentar paliar las cuantiosas pérdidas económicas de sus anteriores producciones. Basada en la novela de Víctor Hugo, The Hunchback of Notre Dame narra las aventuras de Quasimodo, un ser deforme que vive encerrado en el campanario de la catedral de Notre Dame oculto tras las curiosas miradas de los Parisinos. En compañía de tres gárgolas de piedra, Víctor, Hugo y Laverde, Quasimodo pasa las horas observando el bullicioso ir y venir de la gente mientras el juez Frollo, su despiadado tutor, vigila sin descanso sus movimientos. Todo cambia cuando Quasimodo decide bajar a escondidas para conocer el mundo exterior. El Amor, la pasión, la venganza y una gran dosis de fe son algunos de los elementos que Menken utiliza para dar vida a los intensos personajes sacados de la imaginación de Hugo, reflejo de que este nuevo estilo –renovado sería la palabra idónea- funcionaba a través de la música de Alan Menken.

Renovación

Este renacer de la compañía tuvo un denominador común, un nexo que tuvo al compositor neoyorquino Alan Menken, el gran renovador del musical americano, como protagonista. Con unos cuantos Oscars en el bolsillo -merecidos, sin duda- y el reconocimiento de la crítica, Menken afronto este nuevo proyecto con la madurez que sus anteriores trabajos no poseían. Desde el principio, su obertura –The Bells of Notre Dame– muestra la senda que la música va a seguir en este tour de force exponiendo la variedad temática que deambula entre la música religiosa, imagen de Notre Dame, las melodías circenses –Topsy Turvy– que reflejan el origen gitano de la protagonista femenina, Esmeralda, y la música de acción, agitada e intensa –Sanctuary¡- que describe las escenas más violentas de la historia. Con su característico y original estilo Menken escribe el leitmotiv principal –Out There-, que como solía ser la costumbre en aquellos maravillosos años se convirtió en un single comercial que definía la idea principal de la historia. Este leitmotiv, interpretado por Quasimodo y Frollo, muestra el anhelo de libertad del protagonista, deseo que el jorobado busca y encuentra a través de esta extraordinaria melodía, y es que pocas veces la palabra libertad sonó de una forma tan honesta. A esta idea henchida de libertad se opone el tema de Esmeralda –God Help the outcast-, una sentida plegaria que inunda la pantalla de un perdón nunca visto. La partitura se completa con algunas canciones –A Guy Like You/Topsy Turvy– que ayudan a explicar la historia de un modo natural.

Puede que The Hunchback of Notre Dame no sea la obra más comercial de Alan Menken –la película tampoco lo fue-, ni la más conocida, podría ser, pero de lo que si estoy seguro es de que es la más interesante de todas.

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