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Ángel Illarramendi, Sinfonías 4 y 9.

Me parece sorprendente que ningún medio de este país haya recogido la noticia del lanzamiento del nuevo disco de Ángel Illarramendi. La verdad es que no me extraña, después de ver noticias que hablan sobre miles de personas manifestándose a favor de un personaje de Gran Hermano, o que el libro de Belén Esteban, no escrito por ella, ha vendido 200.000 ejemplares en una semana. Al escuchar estos sucesos uno se sume en el decaimiento, este país no tiene solución. La cultura no importa, y de eso se han encargado estupendamente algunos. Les gusta crear borregos para así poder dominarlos a su antojo, y si ya de paso los atontamos más todavía con programas del estilo del comentado con anterioridad, mucho mejor. Ante este panorama tan desolador, de entre la nada, por un pequeño resquicio, aparecen brotes de esperanza como este disco que nos ocupa, de unos de los mejores compositores que tenemos en España. Illarramendi conjuga a la perfección su labor como compositor de cine y obras de concierto. Como él mismo me explicó en una entrevista anterior, le gusta hacer una película de vez en cuando, y el resto del tiempo dedicarlo a las obras clásicas.

Nada más y nada menos que el prestigioso sello discográfico Sony Classical ha publicado la Cuarta Sinfonía del maestro vasco, llamada “Ingenua” y la Novena, algo que hay que agradecer.

En la Cuarta Sinfonía, Illarramendi compone una obra basada en tres movimientos. El primero “Allegro-Moderato”comienza con un solo de oboe al más puro estilo del músico de Zarautz. La influencia de su tierra es plausible desde el comienzo. El oboe se aparta de escena y da entrada a la orquesta al unísono, creando mediante las cuerdas y la percusión una música de gran belleza. Sobre todo es la cuerda la que lleva el peso de la melodía central, aunque el clarinete, la flauta, la percusión con el tambor como abanderado, el fagot, la trompeta, trompa, trombón y por supuesto el oboe del comienzo, la secundan ejemplarmente. La música es vital y jovial. Illarramendi introduce la voz femenina de una Mezzosoprano, en este caso Maite Arruabarrena, para dar más vistosidad al movimiento. Maite recita en Euskera poemas de Alberto Buenetxea y del mismo compositor. Es un movimiento en el que rezuma lo vasco.

“Andante-Allegro-Moderato” es el segundo movimiento. Se trata de un acto más tradicional en el que ese estilo vasco tan característico en la obra del de Zarautz se entremezcla con fanfarrias más clásicas, y donde la percusión y los metales se erigen como protagonistas. Acto seguido vuelve a aparecer la voz solista de Arruabarena para interpretar el fraseado central del movimiento. La cuerda y el oboe acompañan magistralmente a la Mezzosoprano. Estos dos ejes argumentales se van turnando durante los casi once minutos de duración.

El tercer movimiento es el que más me ha sorprendido. Ángel escribe una música muy movida y alegre, que me recuerda por algunos segundos a la fanfarria principal del film Superman (1978) compuesto por John Williams. Los metales toman prestancia, al igual que el agitado motivo de cuerdas que los acompaña. Tras este comienzo, vuelve a aparecer la voz solista de Maite, esta vez acompañada por los metales, trompeta sobre todo, y un fraseado de cuerdas extraordinario, que en ocasiones coge las riendas de la composición. El autor es un maestro en estas lides, el sonido de su cuerda es especial y único, al igual que el de Alfred Newman o tantos otros compositores que han tenido un estilo propio. El movimiento acaba con la reaparición de la fanfarria del comienzo.

La Novena Sinfonía es más lineal, al estar recogida en un solo movimiento la sensación de monotonía es más evidente. El clarinete junto a la cuerda comienzan esta pieza. La trompeta sustituye al clarinete en la interpretación de la melodía principal. Cuando digo monotonía no quiero decir que sea aburrida, sino que es una obra más minimalista. Personalmente, me gusta más que la Cuarta Sinfonía. El violín solista recoge el testigo de la trompeta, creando una sensación única. Esta primera parte tiene un tono más agresivo, pero en la segunda la música se tranquiliza a través de solos de violín apagados, y un fraseado de cuerdas de igual manera apagado, de enorme belleza. La melancolía se apodera de los acordes, la trompeta y el oboe dan la réplica al solo de violín para comenzar entonces este una fase más activa, dando paso a la orquesta al completo. El poderío y dominio orquestal del maestro es increíble. Aquel tono apagado se vuelve ahora ágil y autoritario. Illarramendi incluye de nuevo el solo de violín, de perfectos acabados, siendo este el denominador común junto al oboe, la trompeta y el arpa, hasta el desenlace final de la obra.

La música está interpretada por la Orquesta Sinfónica de Euskadi, una formación que suena estupendamente. Con anterioridad hemos disfrutado de sus interpretaciones de otras obras del maestro o, por ejemplo, en grabaciones de bandas sonoras del también vasco Fernando Velázquez. En la dirección encontramos a José Miguel Pérez-Sierra, supervisado en todo momento por Ángel, y la voz solista de la ya mencionada Maite Arruabarrena.

Sin duda un disco muy recomendable, del que me hago eco, y que por desgracia ha pasado demasiado desapercibido desde su salida. Me gustaría que entre tanto “Gran Hermano”, “Sálvame”, y demás morrallas televisivas, hubiera hueco para el arte y la cultura. La obra de este compositor tiene mucho de arte, y debería de tener más visibilidad en unos medios que están más interesados en otros menesteres. ¡Así nos va!

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