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Alexander Cimini, Red Krokodil.

Red Krokodil

Antonio Pardo Larrosa

Durante mis primeros años de aprendizaje filosófico, época hedonista en la que los grandes e ilustrados pensadores me tendieron la mano, visité con relativa frecuencia la obra del filósofo y ensayista español Antonio Escohotado, “Historia general de las drogas”, un texto esclarecedor donde la fenomenología de estas sustancias prohibidas y a priori a-culturales adquirían una nueva dimensión, cuasi mágica –al menos para mí joven e impresionable conciencia- que elevó mi experimentación a un plano superior. Tomando como ciertas algunas de las ideas que Escohotado defendía allí donde se le reclamaba, a saber: “La droga es una obra de cultura”, o también, “su conocimiento me parece positivo”, por citar solo dos, resulta difícil entender la realidad que rodea al protagonista principal –la droga es el otro anti-protagonista de la historia- de “Red Krokodil”, película dirigida por Domiziano Cristopharo y protagonizada por Brock Madson que muestra con crudeza y realismo los efectos destructivos de esta sustancia llamada Krokodil1, droga de fácil acceso que tiene enganchados a millones de personas en Rusia, de ahí que el director incluyera en el titulo final la palabra Red, en clara alusión al lugar de procedencia de la droga. Por tanto, es curioso cómo estas dos imágenes de la misma realidad, la cultural y positiva de Escohotado –idealizada y romántica- y la visceral y auto-destructiva de Cristopharo quedan enfrentadas, por mor de sus diferentes y antagónicas propuestas, la una con la otra. Sirvan estas caducas ideas de mi adolescencia para contextualizar una realidad destructiva y metafórica –catalizada por la música de Alexander Cimini- que aliena al sujeto a través de un alucinógeno viaje muy bien orquestado y dirigido por el director y el compositor.

Metáfora de la compasión

Cuestiones lisérgicas aparte –paradigma de la droga alucinógena- “Red Krokodil” es una metáfora de la destrucción que Domiziano expone de una manera muy explícita, demasiado explícita, diría yo, mostrando los efectos devastadores de una droga que conduce al protagonista hasta la desesperación. Encerrado en una habitación, como si de una cobaya se tratara, solo, con la dantesca visión de una ciudad apocalíptica construida a imagen y semejanza de Chernóvil, el personaje principal lucha con las alucinaciones y la adición que Krokodil produce como metáfora de la destrucción del individuo.

Lloré lágrimas de fuego

Aferrado a la muerte, la mía

Vi el apocalipsis sobre mis huesos

Mientras Krokodil devoraba mi conciencia

Krokodil, mi muerte está cerca.

Ahora bien, si Cristopharo propone como principal argumento de la historia la metáfora de la destrucción que incide en los aspectos físicos y psíquicos que van destruyendo al protagonista, es Alexander Cimini quien a través de la música compone una sentida metáfora de la compasión que plasma con inteligencia la desesperación del protagonista, y es que, ¿qué es la música?, sino una metáfora de las pasiones y perversiones del ser humano. Cimini traduce al idioma de la emoción, el más internacional de todos, la visión que el espectador tiene de las imágenes componiendo un melancólico leitmotiv –Red Krokodil Main Theme– que muestra la tragedia interior del protagonista. El músico consigue con esta delicada y envolvente melodía ejecutada por el chelo, el más humano de todos los instrumentos, que el público sienta emoción en vez de horror y aversión por las espantosas imágenes2. La música logra su propósito consiguiendo que el espectador, aun a sabiendas de esa autodestrucción, se ponga de parte del protagonista –en esa empatía melancólica de la que hablaba- anidando en su interior la idea de una salvación que no llega. A partir de esta desgarradora melodía, pórtico del holocausto, el músico va describiendo –Alone– con el violín como gran aliado la soledad que Krokodil, leviatán de rojas consecuencias, infringe a través de su presencia al hombre alienado. Cimini juega con el violín y el chelo –Prologue/My Little Green crocodile– provocando la respuesta del espectador que busca entre las imágenes una salida a la desesperación.

A tenor de lo expuesto con anterioridad es fácil adivinar que la intensa labor de Cimini ha sido la de catalizar -en su segunda acepción, es decir, la de “conformar y agrupar fuerzas”- los mecanismos narrativos que resultan de la dualidad de estas dos metáforas que la música y la imagen proyectan sobre la realidad del protagonista. Ahora bien, la música no solo se desarrolla en el plano de la melancolía o la emoción, como ha quedado explicitado, sino que ahonda en los aspectos psicológicos de la paranoia que las alucinaciones producidas por KrokodilMy Mind– ejercen sobre la solitaria mirada de la destrucción. Utilizando sonidos ambientales y etéreos el compositor describe con acierto las imágenes alucinatorias que embriagan la cordura proyectando sobre el espacio la silueta irreal de Krokodil.

Sobredosis

Volviendo, una vez más, a la liturgia psicotrópica del maestro Escohotado encuentro una nueva afirmación que define mi estado emocional y físico actual, una aseveración que cuanto menos puede parecer polémica por lo que representa para una sociedad supuestamente civilizada como la nuestra. Escohotado llegó a afirmar, si no me falla la memoria, que “la droga es una cuestión de dosis…” –responsabilidad y conocimiento-, pues bien, tomando este aserto como cierto puedo decir, sin temor a equivocarme, que después de escuchar la obra de Alexander Cimini me considero, con todo lo que esto conlleva, un yonqui de su Red Krokodil.

1 También conocida como la droga zombi o heroína de los pobres. Su principal característica es carcomer la piel de los adictos hasta dejar los huesos expuestos. La piel de los consumidores se torna verdosa, con apariencia de escamas, tal y como es la textura de algunos reptiles, de ahí que se la conozca por el nombre de Kokodrile.

2 Texto extraído de la entrevista que la web Asturscore realizo a Alexander Cimini.

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