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Mike Oldfield, The Killing Fields.

The Killing Fields

Antonio Pardo Larrosa.

El genio, ¿nace, o se hace?, esta pregunta largamente debatida durante siglos suele aparecer tras la sombra de una persona que destaca por su talento –no confundir con habilidad, inherente a la esencia del concepto-, y que está asociada a un logro creativo y original. Pues bien, esta pregunta, manida e innecesaria como pocas, formulada cuando aparece en escena alguien completamente distinto a todo lo demás, alguien cuya naturaleza trasciende las reglas del juego creativo, es la que nos hacemos cuando genios como Mike Oldfield aparecen sobre la faz de la tierra, músico que, en última instancia, da sentido a la definición de genio acuñada por Schopenhauer: El talento alcanza lo que ninguna otra cosa puede alcanzar; el genio alcanza lo que nadie más puede ver… ¡chapeau!, y es que no podría expresarse de mejor manera. Atendiendo a esta definición podemos decir que Mozart fue un genio, sin duda, como también lo fueron Da Vinci o Tolkien, creadores que nacieron con un don que se tiene o no se tiene, así de fácil. Tomando entonces a Wolfgang Amadeus Mozart como ejemplo -¡cabe alguno mejor!- podemos trazar la delgada línea que separa al genio del músico con talento, al obrero del artesano o al poeta del necio, para contemplar la maravillosa carrera del músico más original que ha parido nuestra historia reciente.

Descubrir a estas alturas del negocio la obra de Oldfield me parece una perogrullada que no conduce a ningún sitio, pues se han escrito innumerables textos sobre su vida y obra –libros, blogs, webs, etc.- que radiografían con precisión y pasión cada uno de los acontecimientos que han marcado su impresionante trayectoria musical. El creador de “Tubular Bells”, su opus one, una de las composiciones más innovadoras que se recuerdan, icono cultural de toda una generación y emblema del imperio Oldfield, es por mor de la regularidad, condición sine qua non para entender su obra, y la versatilidad el músico más inclasificable de cuantos conozco. Obras tan heterogéneas como Ommadawn, Five miles out, Islands o Amarok -la más interesante de todas ellas, al menos en mi humilde opinión- forman parte de ese maravilloso corpus musicae que ha propiciado que en alguna ocasión el crítico de turno lo haya etiquetado como el Mozart del rock.

El otro Mozart

Aunque pueda parecer pretencioso, y a fe que lo parece, este curioso y gráfico apelativo –el otro- bien podría definir la compleja realidad que rodea al músico británico Mike Oldfield. Por muy extraño que pueda parecer –no se me vayan a enfadar los académicos de turno- este apelativo también lo recibieron algunos músicos que a lo largo de la historia fueron comparados con la figura del genio Salzburgués. Estos genios, por mor de la precocidad o la genialidad, ¡vaya usted a saber!, recibieron el cariñoso apelativo de El otro Mozart, idea que los situaba en el mismo plano que al pequeño genio alemán. Hubo, por tanto, un Mozart inglés llamado Samuel Wesley, o uno negro, mujeriego y pendenciero llamado Joseph Boulogne, Chevalier de Saint-George, también conocido como el Mozart negro, incluso las gélidas tierras del norte de Europa tuvieron su propio Mozart, Joseph Martin Kraus, o el Mozart sueco, por citar solo unos cuantos, pero es en la actualidad que esta etiqueta ha vuelto a tener presencia sobre las tubulares ideas del músico más original de las últimas décadas. En cierta ocasión, allá por la los años ochenta creo recordar, cuando se intentaba definir a Mike Oldfield algunos lo hacían refiriéndose a él como el Mozart del Rock, estableciendo una comparación que muchos consideraron exagerada. Pienso, que ni lo uno, ni lo otro, pero sí responde a la dificultad que algunos críticos tuvieron para encontrar una etiqueta que definiera la inclasificable genialidad del creador de Tubular Bells. Más allá de etiquetas, apelativos o cualquier otra forma de definir a Oldfield, lo cierto es que la de Mozart del Rock es la que más se ajusta a la realidad.

La primera y la última

Rodada por Roland Joffé, The Killing Fields, narra la historia que unió a Sydney, un periodista del “The New York Times” enviado a Camboya en 1972 como corresponsal de guerra, y a Dith Pran, un nativo que le sirvió de guía e intérprete. En 1975,al caer el régimen camboyano, los EE.UU. se retiran del país y toda la familia de Pran emigra a Norteamérica excepto él, que decide quedarse con Sydney para seguir ayudándole en su trabajo. Ambos sobreviven refugiados en la embajada francesa, pero cuando deciden abandonar Camboya el ejército revolucionario, el Jemer Rojo, prohíbe salir del país a Pran, que queda recluido en un campo de concentración.

Tras un complicado proceso de post-producción –hasta tres veces tuvo que reescribir el score-, The Killing Fields fue la primera y la última banda sonora –The Exorcist (1973), no cuenta como tal- que escribió Oldfield, quien salió, como se suele decir en estos casos, escaldado de un medio que no era el suyo. Aun así, realizó un buen trabajo que el director/productor no supo entender limitando su presencia a momentos muy puntuales de la historia.

Tárrega y algo más

Aunque la pieza más conocida de la partitura sea la reinterpretación que Oldfield hace de la obra de Francisco Tárrega, Recuerdos de la Alhambra, en una interesante versión para percusión y guitarra eléctrica –Etude– a la que el de Reading sacó un extraordinario partido comercial, lo cierto es que la obra tiene más enjundia de lo que puede parecer a priori, máxime si tenemos en cuenta que esta fue la primera bso que escribió el Maestro. Articulada en derredor de un bello y emotivo tema –Pran´s Theme– que Mike asocia a Dith Pran, la partitura revisita una y otra vez este leitmotiv mostrando la compleja evolución del personaje principal. Delicada y sencilla –Pran´s Theme 2-, con la flauta y el violín como testigos, o dramática y desgarradora –Pran´s Departure-, con toda la fuerza de la orquesta, esta melancólica idea demuestra que Oldfield podía emocionar al espectador más allá de sus guitarras. Aun así, Mike quiso dejar plasmadas algunas ideas que llevaban su sello personal, como Evacuation, melodía que emula el movimiento de las palas de un helicóptero, o Good News, donde el teclado describe una dinámica melodía de inspiración oriental que refuerza el ritmo que antecede al desenlace de la trama; o quizás, Bad News, la melodía más oldfiana de toda la obra, donde la guitarra aparece en la lejanía, como el lejano eco de algo que se diluye, la esperanza, formando todas un heterogéneo collage que tuvo a David Bedford como maestro de ceremonias. Con una historia marcada por la barbarie y la desolación provocada por la guerra que mejor que un réquiem, forma mozartiana por excelencia –Requiem for a city-, para describir ese sentimiento de pérdida que tiene la diáspora producida por la sinrazón humana. Los coros, la cuerda y la percusión componen una de las melodías más interesantes e inspiradas de la obra que muestra la ilimitada capacidad de Oldfield para componer grandes leitmotivs. La partitura se completa con algunas melodías atonales –The Year Zero/Execution– que ahondan en el miedo que los protagonistas transmiten ante los terribles acontecimientos, usando los sintetizadores para dar mayor credibilidad a los aspectos psicológicos de la música.

La excesiva presión de la producción y la falta de experiencia de Mike Oldfield en estas lides provocaron que el genio de Reading decidiera, y con razón, no volver a componer música para una película.

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