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Manel Gil-Inglada, Cher Amí.

Cher Amí.

Antonio Pardo Larrosa.

Es curioso como un slogan publicitario utilizado en campaña electoral puede influir tanto en la opinión pública de un país llegando a convertir unas cuantas palabras en el lema de toda una generación. Aquel famoso, Yes We Canen español, «Sí se puede»- del por aquel entonces senador Barack Obama es ahora utilizado con excesiva asiduidad cada vez que una manifestación de cualquier índole se pone en marcha. Ya sea política, económica o cultural, da lo mismo, estas palabras actúan como una especie de mantra que penetra en el seso del individuo provocando su respuesta inmediata. Ahora bien, ¿qué tiene que ver este slogan con la música cinematográfica?, pues mucho si tenemos en cuenta el vacío que nuestra cinematografía tiene en relación a la música realizada para el cine de animación. Lo que para otras culturas –la yanqui sin ir más lejos- resulta algo recurrente, tan cotidiano como poco original hoy día, para la nuestra, en cambio, se presenta como algo excepcional que empieza a vislumbrar un futuro muy esperanzador. Hablar de Alan Menken, Jerry Goldsmith, James Horner, Robert Folk o Hans Zimmer para referirnos a la música de los dibujos animados no demuestra sino que el país de las hamburguesas nos lleva ventaja en esto de la animación, pero ahora, y gracias al talento de unos caballeros con alma de Quijote que buscan en la yermas tierras de esta patria nuestra la oportunidad deseada, tenemos la gran oportunidad de reivindicar que nuestra música puede competir ahora con las grandes producciones norteamericanas que tienen a músicos como Michael Giacchino, o productos como los mediaventures en la nómina de sus estudios. Quizás, y para ser coherentes con lo dicho haya que nombrar también al japonés Joe Hisiashi, que junto a Horner y Menken –el gran renovador del musical americano- han escrito algunas de las páginas más sobresalientes de la música animada contemporánea.

A tenor de lo expuesto se puede realizar una pequeña arqueología de la musica patria rescatando del olvido a músicos como Oscar Araujo –El Cid, La Leyenda (2003), Gisaku (2006), uno de los pioneros en estas lides, o Marc Timón Barceló –The Little Wizard (2013)-, la gran esperanza, o también a Diego Navarro –Atrapa la Bandera (2015), el más americano de todos ellos, firmas que han puesto su talento al servicio de nuestra animación. Pero, si he de ser sincero, hay un nombre propio, un quijote de trazo introspectivo y caligrafía original cuya propuesta está por encima de la del resto –con el permiso de Barceló, claro está-, su nombre, Manel Gil Inglada, ecléctico y audaz caballero zaragozano de original e inteligente escritura que lleva años demostrando que la música puede ser otra cosa muy distinta. Obras tan heterogéneas como Evo (2015) o La muerte dormida (2014) –dos de sus partituras más inteligentes-, o sus divertidas producciones animadas de temática zombi –Papá, soy una zombi (2011), Dixie y la rebelión zombi (2014)- son ejemplos de que aquello que dijo Obama puede ser aplicado sin ningún género de dudas a la música cinematográfica de nuestro país. Por tanto, y haciendo nuestro su propio slogan, se puede decir aquello de que, Sí se puede.

Más allá de zombies infantiles se encuentra la producción animada Cher Amí, película española dirigida por Miquel Pujol que narra las aventuras de un pajarito que quiere convertirse en héroe, una paloma mensajera con un interminable listado de hazañas a sus espaldas y un ratón inventor que desea volar a toda costa. En el año 1918, cuando la guerra entre los humanos empieza a tocarles de cerca, un capitán del ejército de palomas aterriza en la granja con el objetivo de alistar a algunas aves, entre las que se encuentra el pequeño pájaro. 

Con estos mimbres y una puesta en escena heredada de Don Bluth, Manel Gil desarrolla su partitura en tres frentes muy distintos: la aventura, la acción y la amistad, tres ideas que forman el corpus de la obra. La historia arranca con una gran obertura que Manel Gil utiliza para describir el sentimiento de la aventura, un bello y descriptivo leitmotiv –Obertura i batalla aèria-, liviano o etéreo, que hereda de las epopeyas musicales de antaño el clásico gusto por lo estético. Se trata de una acertada idea que sirve de pórtico a esta descafeinada historia de dibujos animados made in Spain. Sin solución de continuidad el músico recrea con solvencia y oficio una intensa contienda aérea que tiene a la cuerda como gran protagonista utilizando melodías cortas y efectistas que se oponen a la bucólica tonada –Tourbillon i els seus amics– que dibuja la relación de amistad que existe entre los animales de esta peculiar granja situada en los bosques de Argonne, Francia. La melodía, imagen de la amistad que no ha de perderse, es tan inocente como sincera, demostrando, una vez más, que con muy poco se puede hacer mucho, o expresado de otra manera, y tomando las palabras del arquitecto Ludwig Mies van der Rohe como modelo, “menos es más”. El violín, el oboe o el piano –Nit a la Taverna/Cocoq i Cher Amí– son algunos de los instrumentos que Manel utiliza para tejer sobre nuestra mirada ese tenue manto de inocencia que solo con el trazo animado somos capaces de recordar. Aventura y amistad –los dos primeros capítulos de la obra- juegan entre desenfrenadas y rítmicas melodías que tienen en la percusión y los metales –Desbandada a la granja/Tourbillon desapareix– a los auténticos protagonistas de las divertidas escenas de acción. Con grandes dosis de optimismo el músico orquesta un interesante collage musical que deambula entre el París de la ocupación –Parisencs dins la gàbia-, que utiliza el acordeón y la sección cuerda en una tonalidad afrancesada para contextualizar la historia, y la contundente música de acción para describir la crudeza del frente. Esta última parte de la partitura culmina con el mejor de los finales posibles –Medalles i honors, crónica final-, un compendio de las ideas principales que, en última instancia, definen la aventura, la acción y la amistad de este alocado divertimento que es Cher Amí.

A modo de recapitulación se puede decir que esta variada y optimista creación de Manel Gil responde a los cánones clásicos del género demostrando una vez más el excelente estado de forma por el que atraviesan nuestros creadores. Manel, Barceló, Vaillo y otros muchos -apunto el nombre de mi último descubrimiento, Arturo Cardelús- son el futuro de la música de este país, y producciones como Cher Amí la prueba de que nos solo en los Estados Unidos se puede escribir con talento música para el cine de animación, aquí en esta tierra de Quijotes y molinos el viento suele susurrar aquello de, Si se puede

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