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Especial Navidad.

Los tres padrinos (1949).

A algunos le parecerá extraño que haya elegido un Western de John Ford para un especial navideño, pero lo cierto es que esta película es en sí un film sobre la Navidad, y cómo esta puede cambiar a ciertos personajes. Remake del año 1949 de una cinta original de 1919 dirigida por el mismo Ford, es uno de los cuentos navideños más bonitos que hay en el cine. Escrita por Peter B. Kyne, Laurence Stallings y Frank S. Nugent, cuenta con una dirección portentosa por parte del maestro, una fotografía de impecables acabados obra de Winton C. Hoch, actuaciones memorables como las de los tres protagonistas, John Wayne, Pedro Armendariz y Harry Carey Jr., que junto a las de otros secundarios habituales en el cine de Ford como son Ward Bond, Mildred Natwick (años más tarde la viuda Tilan, en El hombre tranquilo, 1952) y Ben Johnson, hacían de este film una auténtica obra maestra. En 1974 se realizó una versión para televisión con Jack Palance como protagonista, con música compuesta por David Shire. La historia nos cuenta la transformación que sufren a lo largo de un viaje por el desierto huyendo de las autoridades, tres hombres rudos que acaban de robar un banco. Los acontecimientos hacen que se desarrolle durante unas navidades, y por casualidades del destino, los tres forajidos se topen con una caravana en cuyo interior se encuentran con una mujer moribunda que está a punto de dar a luz. Al morir, los tres se tendrán que hacer cargo del niño. Una criatura que hará cambiar a los personajes, volviéndoles más humanos y sentimentales. Es una fábula del niño Jesus y los tres Reyes Magos, encarnados para esta ocasión en tres hombres que viven al margen de la ley, pero que no dudan en dar su vida para que el pequeño sobreviva. Magistral es la secuencia en la que el único de los supervivientes (Wayne), encuentra en un momento de flaqueza y desesperación un burro, en clara alegoría de la Virgen María, y con la ayuda de los alientos dados por los fantasmas de sus dos compañeros, logra vencer los inconvenientes del terreno y la falta de fuerzas, y al final poner a salvo al niño.

Uno de los frecuentes colaboradores de Ford, Richard Hageman compuso el discurso musical de esta obra extraordinaria del maestro entre maestros. Richard Hageman nació en Leeuwarden, Friesland, Holanda, el 9 de julio de 1881, en el seno de una familia acomodada. Fue un niño prodigio, a los seis años ofrecía conciertos como pianista en diferentes actos, acompañando posteriormente a varios artistas. Colaboró con la Amsterdam Royal Opera Company, llegó a ser director principal con tan solo 19 años. En 1906 viajó a Estados Unidos, acompañando a la compañía de Yvette Guilbert. Pronto se instalaría allí, siendo pianista en la Metropolitan Opera desde 1914 a 1932, y director en varias orquestas importantes del país. A partir de este año comenzó a colaborar en el cine, sobre todo con el director John Ford. Son memorables sus films en colaboración, tales como La diligencia (1939) o por ejemplo Hombres intrépidos (1940). Murió el 6 de marzo de 1966 en Beverly Hills, California.

Ya  desde el “Main Titles”, muestra el compositor las intenciones de lo que será el score a lo largo del film. A modo de obertura se nos muestran algunos de los leitmotivs principales de la cinta. El tema central, o tema de Los tres padrinos, está basado en una melodía delicada y muy bonita. Se trata de una especie de nana, que aquí adquiere una pronta importancia, y que será usado en forma de mágica melodía de aire navideño en numerosas escenas, sobre todo a partir de encontrar a la mujer y hacerse cargo del bebe. Es cantado por Harry Carey al niño durante su penoso viaje, y recuperado por Hageman en la escena de las penurias de Wayne, en las montañas. Un tema realmente precioso.

Como no podía ser de otra forma en el cine de Ford, el compositor adapta alguna de las melodías tradicionales, haciéndolas parte de la película.  Por ejemplo el cántico “Shall We Gather At the River”, usado como despedida de Wayne, cuando este es llevado en tren a la cárcel. Será empleado como melodía del afortunado desenlace para  el bebe, y el cambio que ha causado en los tres personajes principales.

El dramatismo de algunas de las secuencias es marcado por Hageman mediante unas melodías de cuerdas auténticamente portentosas, que se hacen acompañar de metales y percusión en un segundo plano, destacando el uso de la sección de cuerdas.

Otro aspecto destacado dentro de la composición son las escenas de acción como la del robo del banco, o la persecución por parte del Sheriff y sus hombres. Es entonces cunado el compositor aplica unos acordes dinámicos, cuyos pilares principales son los metales y la percusión, dentro de una orquestación extraordinaria.

Richard Hageman es uno de los compositores a reivindicar, a pesar de que no fue muy prolífico en cuanto a obras se refiere, sí es verdad que la calidad de las mismas es muy sobresaliente. Se pueden apreciar un par de temas dentro del recopilatorio dedicado a las películas conjuntas de John Ford y John Wayne editado por Él Records en 2009.

 

Scrooged (1988).

Sátira sobre Cuento de Navidad de Charles Dickens, dirigida por Richard Donner, que cuenta entre su reparto con un estupendo, como siempre, Bill Murray, que aquí interpreta al tacaño y despiadado presidente de una cadena de televisión. Junto a él encontramos a Robert Mitchum, Karen Allen y John Forsythe, un reparto de lujo para una divertida película. El guión corrió a cargo de Mitch Glazer y Michael O’Donoghue, y el discurso musical, que por otra parte ayudó sobremanera al acabado final del film, fue firmado por Danny Elfman.  Frank Cross, el desagradable presidente de una cadena televisiva, recibirá antes de que la Nochebuena termine  la visita de un extraño taxista neoyorquino del pasado, una estrafalaria hada del presente, y un sádico mensajero del futuro. Una nueva revisión actualizada del clásico navideño.

La música de Elfman está escrita, para mi juicio, en una de sus mejores épocas. Se trata del comienzo de su carrera, cuando las ideas del compositor eran más frescas e innovadoras. No hacía mucho que acababa de empezar como músico de cine, dejando atrás su paso por el grupo Oingo Boingo. Durante esta etapa firmaría obras tan interesantes como Eduardo Manostijeras, Bitelchús, o Batman, creando para ellas unos sonidos únicos de estilo muy personal. Como el propio Elfman decía cuando se dedicaba a escribir, siempre tenía en la cabeza los acordes de Bernard Herrmann y Nino Rota, y de esta mezcla de música tan dispar y la propia inspiración de Danny, salió este estilo. Lástima que a día de hoy ande tan perdido, la verdad es que en sus últimos trabajos echamos de menos a este primerizo Elfman.

El tema central ya sienta las bases de lo que será la partitura. Un compendio de voces, campanillas, metales y percusión de sonoridades muy graves, y que suenan entre amenazadoras y cómicas, marca de la casa. Tiene parecido con las obras anteriormente mencionadas. El empleo de la trompeta es destacable. Aplica, al igual, un tema dedicado al personaje de Murray, donde el trombón es claro exponente de lo cómico, aunque se cuelan pequeños apuntes de música intrigante que no dejan indiferente a nadie.

Los temas de acción son puro nervio, y denotan la vivacidad compositiva del autor en estos momentos tan inspiradores para su carrera.

También compuso cortes de aire gótico para las escenas de las apariciones de los curiosos fantasmas que atormentaran a Frank durante toda la noche. Los voces fantasmales nos embriagaran al igual que al personaje. El uso del arpa junto con un motivo de violines de tono apesadumbrado, hará sentir a Frank la soledad de su existencia, y ver la vida desde otra perspectiva. Esta instrumentación acompañará algunas de las escenas del film, casi apiadándose de la figura del rácano señor Cross.

En resumidas cuentas, un score que aúna lo macabro con lo cómico y también lo compasivo. Todo acompañado de un aire navideño del todo logrado, una buena oportunidad para disfrutar de la obra de este genial compositor.

La-La Land Records editó en 2011 la mejor de todas las ediciones que contienen esta banda sonora, limitada a 3.000 copias. 49 minutos de duración divididos en 34 temas.

 

 

Solo en casa 2: Perdido en Nueva York (1992).

Dicen que nunca segundas partes fueron buenas, pero no creo que sea del todo cierto esa afirmación. En esta nueva película de Solo en casa no cobra tanto sentido, puesto que es un film familiar, que está a la misma altura que su predecesor. De nuevo con Columbus tras las cámaras, y Hughes escribiendo el guión, la cinta es redonda en muchos aspectos, divertida y muy sentimental. Interpretada por los mismos actores que la primera, es decir Macaulay Culkin, Joe Pesci, Daniel Stern, John Heard y Catherine O’Hara, y con una historia llena de encanto, en la que la ciudad de Nueva York y la celebración de la Navidad son sus principales alicientes. El film resulta mágico en algunas de sus escenas. Parte de la culpa de que esto sea así la tiene el señor Williams. En esta ocasión el chico protagonista se queda de nuevo solo, pero esta vez en la ciudad de Nueva York.

Siguiendo la estela de la partitura primigenia, Williams teje una tela de araña de sentimientos exacerbados que nos atrapa instantáneamente, sumiéndonos en una mágica sensación. Comienza el score con la introducción del tema central del primer film, dotando de importancia extrema a las campanillas y demás instrumentación de aire navideño. Podría parecer que, al ser una secuela, el maestro sólo se dedicara a reciclar la música de la primera parte, nada más lejos de la verdad. Williams adapta y varía algunos de los leitmotivs principales de su anterior film, y los impregna de una coloración realmente maravillosa.

Los temas de acción son trepidantes, y su ejecución de unos acabados perfectos que se encargan de meter de lleno al espectador en el interior de estas escenas más movidas, casi como si fuéramos parte del film.

Al igual que en Solo en casa, Williams sigue de cerca los movimientos del niño con acordes que marcan cada paso del chico, a modo de Mickey Mousing.

Los peligros que acechan al chico dentro de una gran ciudad como esta, capaz de lo mejor y de lo peor, son expuestos por la batuta del maestro con una música de tonos graves y sombríos, que contrasta con la animosidad predominante en el score.

Escuchamos a su vez el leitmotiv asignado a los ladrones que ya apareciera en el primer film. El uso del trombón, dentro de una orquestación apacible y animada, nos indica que estos dos tipos no son peligrosos, y no suponen una verdadera amenaza para él. Esto se advierte en la comicidad que imprime Williams a esta música.

El juego entre el gato y el ratón durante parte del metraje es sustentado por melodías muy dinámicas y de arrolladora orquestación que se van entremezclando con acordes típicamente navideños, salidos de la mente de uno de los compositores más grandes que ha dado la cinematografía.

Por último reseñar la parte más sensible de la partitura, en la que el protagonista siente añoranza de su familia. Williams se vuelca de lleno para arroparlo con melodías, sobre todos llevadas por las cuerdas, tiernas y a veces melancólicas. En estas también son reseñables el uso de la flauta y el arpa, junto a un coro de voces de niños, suave y delicioso.

Una buena banda sonora para un buen film. Por suerte podemos disfrutar de ella al completo, escuchando alguna de las diferentes versiones en disco que existen de la misma. Varése Sarabande Cd Club editó en 2002 una de ellas, en doble cd, conteniendo 17 cortes en el primero de ellos y 16 en el segundo, la suma de los dos hacía un total de una hora y cuarenta minutos de música, en los que aparecían algunas versiones alternativas de varios de sus temas. La-La Land Records volvió a reeditar la partitura en 2012, también en doble cd. El primero de ellos albergaba 19 temas y el segundo 21, con una duración de una hora y 53 minutos.

 

 

Miracle on 34th Street (1994).

Remake del clásico de 1947 de mismo título dirigido por Georges Seaton, cuyo guión original fue reescrito por John Hughes. La historia del año 47 se basaba en un texto escrito por Valentine Davies, que básicamente Hughes respetó. Esta nueva versión fue dirigida por  Les Mayfield, e interpretada por Richard Attenborough y Elizabeth Perkins en sustitución de Maureen O’Hara y John Payne. El argumento es el mismo que el de su predecesora: Cuando el hombre que va hacer de Santa Claus se indispone, es sustituido por un curioso personaje que afirma que es realmente Papa Noel, ante la incredulidad de la encargada de los grandes almacenes que lo han contratado. Un cuento navideño excepcional, que supo musicalizar a la perfección el insigne Bruce Broughton.

El californiano realizó una obra acorde con los buenos sentimientos que despierta esta época en la humanidad. Desde su tema central describe a la perfección la historia, mediante el uso de campanas y voces, y un estilo sinfónico arrollador. Broughton muestra sus respetos a la Navidad, mediante la creación de temas solemnes de estilo barroco, en los que el clavicordio es uno de sus mayores exponentes, junto con una escritura de cuerdas ejemplar. Los momentos más emblemáticos y tiernos del film son apoyados por bellos interludios de la flauta, el piano y el arpa, y violines sobrecogedoramente bellos. Sobre todo es la flauta la que lleva el peso melódico y dramático de los mismos, son auténticamente deliciosos. También escribió temas más movidos, remarcando cada movimiento de los personajes, sobre todo los del singular Santa Claus. Son usados a modo de Mickey Mousing, y resultan del todo acertados. De estos podemos destacar el uso del flautín, como insignia, dentro de una orquestación sinfónica de perfectos acabados.

El espíritu navideño es captado a la perfección por un score delicioso, que a veces es tierno, otras divertido y sobre todo muy respetuoso con estas entrañables fechas. Sólo en pequeñas ocasiones la música se torna más grave, en momentos puntuales del desarrollo de la historia, pero en realidad son ínfimos apuntes.

Una partitura maravillosa que podemos disfrutar dentro del doble cd editado por La-La Land Records, conteniendo el score original de Cyril J. Mockridge, junto a esta nueva adaptación compuesta por Broughton. También existe un álbum editado por Intrada Records en el que se incluye la partitura.

 

 

How the Grinch Stole Christmas (El Grinch 2000).

Antonio Pardo Larrosa.

Hace más de un siglo Charles Dickens, escritor y novelista británico de alto coturno, escribió una novela corta llamada “A Christmas Carol”, un cuento de Navidad que narra la historia de Ebenezer Scrooge, un hombre avaro y egoísta que desprecia la navidad y todo lo relacionado con ella. Tras ser visitado por unos fantasmas el día de Nochebuena Scrooge sufre una asombrosa transformación que lo acaba convirtiendo en un hombre generoso y amable. Esta obra ha sido llevada a la gran pantalla en numerosas ocasiones obteniendo resultados muy dispares. Directores consagrados como Robert Zemeckis –“A Christmas Carol” (2009)- y actores de renombre como Bill Murray –“Scrooged” (1988)- son algunos de los artífices de las adaptaciones más taquilleras de este clásico del siglo XIX. Ahora bien, este odio que el despreciable personaje de Scrooge profesa hacia la Navidad se ha transformado por obra y gracia del celuloide en un cleptómano deseo de robarla. Personajes tan conocidos como Jack Skellington, señor de Halloween –“The Nightmare Before Christmas” (1993)-, o el Grinch, tan histriónico como fascinante, son algunos de los protagonistas de esta cleptómana actividad que han reinterpretado durante décadas y con absoluta libertad la esencia del cuento original. Es en esta ocupación donde se desarrolla la trama de “How the Grinch Stole Christmas”, película dirigida por Ron Howard y protagonizada por un sobreactuado Jim Carey que fue, todo hay que decirlo, un éxito de taquilla, al menos en Norteamérica.

Esta esperpéntica historia se inicia en el pueblo de Villaquién, donde todos los Quién celebran la Navidad menos el Grinch, un ser gruñón, peludo y con muy mal carácter que vive en lo alto de la montaña a las afueras del pueblo con la única compañía de su perro Max. La protagonista, una niña que busca el espíritu navideño, intentará averiguar por qué el cínico y misántropo Grinch detesta la Navidad. Habituado a la soledad, por obligación más que por elección, lo que destroza los bufonescos nervios del Grinch son los villancicos que los habitantes de Villaquién cantan en Navidad, de ahí que decida vengarse de todos los Quién robando los regalos del viejo Santa Claus.

Más allá de los efectos especiales, los decorados, el vestuario o la fotografía –elementos que definen estas superproducciones- , destaca sobre todos ellos la música. Como suele decirse en estos casos, Howard se lo sirvió “en bandeja de plata”, y no me refiero a la de Billy Wilder –“The Fortune Cookie” (1966)-, no, claro que no, sino a la oportunidad que tuvo Horner de escribir un score que reflejara todos los elementos o sentimientos, según se prefiera, que hacen de la Navidad la época más fascinante y entrañable del año. Estos elementos se personifican en los dos protagonistas de la historia, por un lado, la pequeña y dulce niña –primer leitmotiv- que intentará convencer al Grinch para que acepte la Navidad como todos los Quién, y por otro, el cínico y misántropo Grinch –segundo leitmotiv- que intentará robar los sueños de todos los Quién de Villaquién. Alrededor de estas dos ideas el Maestro construye una agradable y sencilla partitura que está embebida de las buenas intenciones que definen el espíritu navideño.

Es en esta dualidad donde se desarrolla la música del Grinch, una sencilla partitura que parte de dos ideas contrapuestas que explican de un modo muy distinto los entresijos de la Navidad y todo lo que la rodea. Para Villaquién y los Quién Horner escribe una bella y delicada melodía –The Shape of things to come– que dibuja la excesiva felicidad que esta época del año despierta entre los simpáticos y navideños habitantes de la villa. La melodía viaja desde lo más genérico, describiendo la vida y las costumbres de los Quién a través de la cuerda, a lo más concreto –Memories of a Green Childhood-, utilizando para la pequeña protagonista, Cindy Lou, una instrumentación más intuitiva que tiene a la flauta como protagonista. La candidez de esta nostálgica idea contrasta con la que el músico dedica al Grinch –The Big Heist-, una tonada bufonesca e irónica resuelta a través de los vientos y la percusión. Esta jocosa melodía es una irreverente y grotesca marcha –parecida a la que escribió para “Casper”, Carrigan & Dibs– que hunde sus raíces en los ritmos frenéticos del jazz. Tanto la una como la otra sufren diversas variaciones –Does Cindy Lou Really ruin Christmas– que acentúan las distintas etapas por las que atraviesa la relación de amistad que une a Cindy con el Grinch. Aunque estas dos ideas forman el núcleo central de la obra, hay una tercera –A Change of the heart– que dibuja la transformación que indicaba con anterioridad y que tiene al odioso personaje de Ebenezer Scrooge como garante. Los sintetizadores y la cuerda acompañan al Grinch durante la catarsis que trae consigo el nuevo amanecer, un comienzo que arrastra por sus mejillas las lágrimas más dulces de la historia. La partitura se completa con emocionantes e intensos temas de acción –The Sleigh of Presents– que aportan dinamismo a las escenas finales de la película.

Como curiosidad decir que Horner se atrevió con una particular versión –sin presencia en la edición discográfica- del leitmotiv central de “Charriots of fire” compuesto por Vangelis, ahí es nada.

POLAR EXPRESS (2004)-ALAN SILVESTRI

Javier Pelegrín Parra.

La primera colaboración del binomio Zemeckis-Silvestri data de aquella saxofónica “Romancing the Stone”, conocida por estos lares como “Tras el corazón verde”, una suerte de Indiana Jones con aires romántico-festivos, que unió ya para siempre a esta pareja en un halo fantástico de composiciones inolvidables como “Contact”, “Predator”, la trilogía “Back to the Future” o la nominada “Forrest Gump”.

Alan Silvestri, neoyorquino de nacimiento pero criado en New Jersey, es un compositor al que se definiría claramente como versátil a la par que valiente, puesto que ha tocado con su batuta géneros de pura ciencia ficción ( la memorable saga de Marty y Doc, Eraser o Abyss), animación ( “Who framed Roger Rabbit”, “Lilo & Stitch”, “The Croods”) comedia (“ Father of the bride”, “Waht women what”, “Mouse Hunt”), o amor (“The bodyguard”, “Serendipity”, “Maid in Manhattan”); para encima no hacerle ascos al terror de baja intensidad (“Identity”, “What lies beneath”) o a las palomitas degustativas (“Blown Away”, “A-team”, “The mummy”, The Avengers”).

Es lo que se diría un compositor total, capaz de crear partituras a todo lo que se le exija. Y es en este plano donde nos deleitamos ante la primera de sus músicas para un film de pura captura de movimiento que, tras nacer en una comarca donde vivía un hobbit, hizo aquí su siguiente parada subido a ese tren mágico con destino al hogar de Santa Claus llamado “Polar Express”.

Si algo define a esta estupenda banda sonora es sin lugar a dudas el espíritu navideño de su música a través de todas y cada una de sus piezas; desde las clásicas versiones de villancicos anglosajones propias del paseo nocturno por Times Square en busca de las últimas compras, como son “Santa Claus is coming to town” de Frank Sinatra o “White Christmas” de Bing Crosby, entre otras, evocadoras todas de aquel estado de sempiterna felicidad tan propio de la cultura americana en esas señaladas fechas.

Pero curiosa y alegremente nos llegan instantes de una suerte de musical propio del Broadway más en forma, en el que Alan Silvestri se deja ir totalmente con la colaboración de un Tom Hanks desatado ( “The Polar Expres” y “Hot Chocolate”) que parece jugar a ser Santa por un día mientras disfruta cual elfo empaquetando el saco de su mágico jefe barbudo.

En el score hay tiempo para la emoción propia de aquellos musicales lacrimógenos con niños (como “Annie” por citar uno) como en esa canción “When christmas come to town” propia de la inquebrantable fe de los niños en buscar la respuesta a sus sueños imposibles mediante sus cálidas voces, acompañadas por coros y orquesta en una rezo-balada amable que transmite el justo mensaje musical que el momento requiere: en Navidad todo es posible.

Y nos acompaña un leitmotiv que nace a raíz de la preciosa canción “Believe”, interpretada magistralmente por Josh Groban, (conocido por aquella maravillosa nana del maestro Williams en “A.I. Inteligencia Artificial”) que sirve de puerta de entrada hacia la esperanza creativa que explota en las corales y sinfónicas piezas que realmente componen el score musical.

Spirit of the season”, un majestuoso villancico coral que se recrea hasta convertirse en una sinfonía imponente donde el metal se fusiona con las voces junto a la cuerda, creando un ente totalmente épico, glorioso y encantador: el auténtico espíritu de la Navidad.

Seeing is believing” es otro de los temas puros, con aires iniciales del Elfman de “Edward Scissorhands”, saltando raudo hacia un tono aventurero mediante la percusión y el énfasis de las trompetas que dejan paso un medley de villancicos orquestados al ritmo frenético de la ilusión del mundo fantasioso en que se desenvuelve toda la película.

The Polar Express suite” acaba de explotar los temas corales para repasar de nuevo los rítmicos compases del score, las melodías preciosistas que recuerdan que en la inocencia de la mirada de los niños radica la pureza de la película, marcando todas y cada una de las notas en un recuadro Disney, que finaliza en un absoluto dominio del júbilo y la eterna sonrisa que queda en nuestro rostro tras escuchar esta precisa, majestuosa y navideña partitura del genial Silvestri que nos transporta sin darnos cuenta hacia aquel olvidado calor infantil de la verdadera esencia de la Navidad, dejando el recuerdo del frío Polo tan lejos y a la vez tan y tan cerca.

 

The Nativity Story (2006).

Antonio Pardo Larrosa.

Resolver la cuestión planteada alrededor de los conceptos tradición y/o modernidad implica resolver el conflicto que estos dos términos mantienen desde su propio origen. Puede que desde un punto de vista cultural estos conceptos hayan sido utilizados de forma errónea para definir los cambios socio-culturales de una determinada sociedad. Preguntas tales como, ¿Qué constituye la tradición?, ¿Y qué es la modernidad? dan buena cuenta de ello configurando la equivocada idea de que aquello que conocemos por tradición no siempre es sinónimo de conservador, y su contrario –no necesariamente antagónico-, modernidad, no siempre se entiende como progresista. Pues bien, para entender con cierta perspectiva histórica la música realizada durante décadas para el cine histórico -péplums incluidos- hay que tener estos dos conceptos a mano si se quiere resolver con garantías el conflicto planteado con anterioridad. Tradición y modernidad son las dos caras de una misma moneda que en la música cinematográfica se muestran como un todo armónico.

Sí en la época dorada del cine estas dos ideas eran planteadas de una forma menos abrupta, de ahí que se hable de ese todo armónico, es ahora cuando la diferencia entre ambas se ha acrecentado mostrando la gran distancia que las separa. Las epopeyas épicas compuestas por Miklós Rózsa –Ben Hur-, Franz Waxman –The Story of Ruth– o Elmer Bernstein –The Ten Commandments– utilizaban elementos tradicionales –sobre todo en la instrumentación- para desarrollar aquellas ideas que definían las raíces culturales de una determinada civilización intentando otorgar credibilidad a las historias que contaban. Ahora todo es muy distinto, los músicos utilizan las últimas tecnologías –sintetizadores, secuenciadores y cajas de ritmo- para recrear con más precisión, pero con menos realismo, las mismas civilizaciones que antaño cobraron vida en las manos de aquellos genios que ataviados tan solo con el sonido de la trompeta, el santoor –instrumento tradicional de cuerda percutida o el duduk mostraban al mundo las excelencias que nuestros antepasados nos legaron. Es hoy cuando este conflicto musical entre lo moderno y lo tradicional se muestra de un modo más evidente abriendo el debate sobre lo que es o no es correcto utilizar dependiendo de aquello de lo que se quiera hablar. Obras como Gladiator o The Prince of Egypt de Hans Zimmer o Exodus: Gods and Kings de Alberto Iglesias y Harry Gregson Williams –todo está en manos de los mediaventures- son el ejemplo de que este conflicto sigue estando muy presente en la música cinematográfica de nuestra época. Aunque esta parece ser la tónica dominante aún hay músicos que prefieren utilizar un sinfonismo más clásico para contar sus historias, aquellas que tienen a John Debney –The Passion Of Christ-, o a Mychael Danna –Nativity– como protagonistas.

La carrera de Danna es tan original como irregular, siendo sus composiciones para el director armenio Atom Egoyan –Exotica, The Adjuster o Ararat, cuyas melodías están embebidas del terroso sabor de la tradición oriental- las que mejor definen su personal caligrafía. Con una singular habilidad para conjugar los elementos tradicionales con los modernos, Mychael hace gala de una extraordinaria sensibilidad para extraer de esos instrumentos –el duduk, la cítara, el arpa o el oud- la esencia de una tradición milenaria. Quizás sea la partitura de The Nativity Story la que mejor representa la idea que discrimina lo tradicional de lo moderno –a la maniera de Zimmer y compañía- en el cine actual. A su vez, son notables las composiciones que Mychael ha realizado junto a su hermano Jeff–el más talentoso de los dos- demostrando que el Oscar recibido por Pi no fue fruto de la casualidad.

The Nativity Story narra la historia de una joven llamada María y del designio divino que cambió para siempre su vida y la historia de la humanidad. Recogida en el texto bíblico la película relata, a groso modo, su vida en Nazaret, su compromiso con José el carpintero, la visita del Ángel Gabriel, un embarazo milagroso y el arduo camino al que ella y su esposo tuvieron que hacer frente desde la localidad de Nazaret hasta Belén para dar a luz al hijo de Dios. Con estos mimbres Danna echa mano de la tradición para componer un sobrio y ceremonial –la música sacra está muy presente en la historia- retablo de la tradición musical de una época henchida de espiritualidad.

Danna se apoya en la liturgia cristiana y sus cantos –Veni, Veni Emanuel, de origen francés, y el Corde Natus ex Parentis, compuesto por Marcus Aurelius Clemens Prudentius (348-413)- para confeccionar un esotérico mosaico musical que redescubre –contextualiza sería la palabra idónea- la espiritualidad de los primeros años de la cristiandad. Antes de la venida del “hijo del hombre”, María recibe la visita de un ángel –The Annunciation– que a través de la profunda voz de la cantante iraní Azam Alí anuncia a la madre del mesías que esta en cinta. Danna utiliza el arpa, la flauta, el violín y nuevamente la voz solista para mostrar el recogimiento de una escena sobrenatural. Durante la mayor parte de la partitura Danna juega, por un lado, con la parte mística de la historia que está interpretada por los coros masculinos –Words of the Prophet– en un claro ceremonial religioso o litúrgico que otorga credibilidad a la historia; y por otro, con los elementos étnicos pertenecientes a una tradición milenaria que describe con acierto los quehaceres diarios de los protagonistas y los lugares donde habitan. Una vez más la voz de Azam, el violín y la flauta se divierten entre sí trazando un bello dialogo–Nazareth– que el músico utiliza en numerosas ocasiones para mostrar la parte más emotiva de la historia, melodía que Danna asocia a Maria. Esta conmovedora idea sufre diversas variaciones a lo largo del metraje –Why is it Me– que en algunas ocasiones se expresa a través de la orquesta sinfónica, y en otras, desnuda y sensible –The Strength I Prayed For, la melodía más bella de todas-, es la soledad del arpa y la flauta la que muestra el misticismo de una historia que todavía hoy se cuenta como cierta. Esa credibilidad que para muchos posee el texto bíblico -Lc 1,36-28- tiene como principal garante a Mychael Danna, músico que supo unir con inteligencia –nunca discriminar- la tradición con la modernidad.

La música escrita por Mychael Danna para the Nativity Story es el claro ejemplo de que con talento e imaginación se puede componer una obra que sin demasiados artificios camine con paso firme sobre la delgada línea que une la tradición con la modernidad.

CUENTO DE NAVIDAD (2009)-ALAN SILVESTRI

Javier Pelegrín Parra.

Tras “Polar Express”, Robert Zemeckis se tiró a la piscina de las películas con captura de movimiento cayendo en su manos “Beowulf” para luego aterrizar de lleno en la revisión de “Cuento de Navidad” de Charles Dickens que le encargó la prestigiosa Disney gracias al camino labrado con el buen hacer de esta prodigiosa técnica. El bueno de Bob tuvo dos peticiones expresas: capturar hasta la saciedad la incomprendida locura de Jim Carrey, vital e irrenunciable actor para el papel de Mr.Scrooge y como no, la batuta musical de su amigo e infinito colaborador Alan Silvestri, tras su exitosa y navideña aventura del tren que transporta con nocturnidad a los niños hacia el hogar de Santa Claus.

El genial compositor, de sobra conocido tanto por sus colaboraciones con el mismo Robert Zemeckis o bien por su obra magna “Back to the future”, crea aquí un score que, lejos de ser alegre como lo era la inocente y fantasiosa “Polar Express”, abraza aquí un aire más oscuro a la par que grandilocuente y emocionante que se mezcla con los potentes y entusiastas arrebatos sinfónicos de sobra conocidos ya por el maestro americano.

Si bien el tema principal es un compendio de optimismo y algarabía donde se dan lugar villancicos, el trote de las campanas, los cascabeles propios de la época del año, así como potentes coros, la partitura cabalga a toda prisa hacia el misterio de la propia negación de Mr.Scrooge hacia la felicidad ajena; la luz de la música acaba por convertirse rauda en prodigiosas notas mediante la aparición de uno de los leit motiv de todo el score, que no es otro que la oscuridad que portan los fantasmas que se le aparecen al avaro.

Desde la belleza del tema “The ghost of the Christmas past” en la que se captura la pura emoción del niño ante el árbol a través del “adeste fideles”, el arpa y la calidez de las voces femeninas, todo acaba estallando en compases de alegría donde reinan la cuerda atropellada ágilmente por el metal, y el deje de un vals navideño conducido por toda la orquesta.

En el score hay cabida a la madera celestial (“Let us see another christmas”), la tensión disonante (“Another idos has replaced me” “The clock tower”) o la alocada persecución excitante (“Carriage chase”, “Old Joe and Mrs.Dilber”). Y así, en un invisible compás de espera nos encontramos ante todo un cambio de sentido a través de la espeluznante y a su manera preciosista “This Dark chamber”, un devenir ondulante de cuerdas, coros Elfmanianos y solo de violín que da lugar al fantasma de la navidad futura.

Arribamos prestos a las entrañas de la partitura con la trágica y terrorífica “Who was tha lying dead”; un auténtico tesoro del dominio de los tiempos crecientes y decrecientes, así como de las voces corales en forma de serpenteo orquestal que no da lugar a más respiro que no sea el aplauso final ante tal grado de conexión sentimental con el perplejo oidor.

El punto final del score se proclama con “I’m still here”, una salvadora pieza que cubre de finos copos de nieve la angustia recién vivida por Mr.Scrooge, y la elegíaca “Ride on my good man” el más claro ejemplo de la vitalidad, la felicidad y la humanidad de la transformación de un ser despreciable en auténtico tótem de la navidad y el amor hacia sus semejantes.

La sensación que uno tiene al escuchar esta magnífica partitura del maestro Alan Silvestri es de volar, de fluir en ambos lados de la vida de una persona renegada en su propia avaricia, ya sea hacia la muerte o hacia el aliviado milagro de la resurrección; todo ello contado con la excelencia del compositor, que nos atrapa sin darnos cuenta en la fría oscuridad y el horror para alejarnos de ella con pasmosa facilidad sin perder apenas el ritmo de lo que ven nuestros ojos en la pantalla.

Es sin duda una de las composiciones de los últimos años más logradas de Alan Silvestri, por encima de todo en su relación música versus animación de la imagen, que nos relee el clásico de Dickens de la única manera que la convierte en especial: como si fuera la primera vez que alguien compusiera música alguna para este inolvidable clásico los peligros de no ser un hacedor del espíritu navideño.

 

 

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