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Alfred Newman, La historia más grande jamás contada

La cristología es la parte de la teología cristiana que estudia la figura de Jesús de Nazaret intentando explicar la relación que hay entre sus dos naturalezas, la divina y la humana. No voy a entrar en cuestiones teológicas de peso que no vienen al caso, pero si es necesario definir este concepto para entender su implicación emocional y racional con el séptimo arte. La vida y la obra de Jesús de Nazaret han sido llevadas a la gran pantalla en numerosas ocasiones con resultados muy dispares, siendo la Pasión de Cristo de Mel Gibson el último y más polémico acercamiento visual a la figura del Mesías. Desde el gran Méliès con su obra Le Christ marchant sur les flots, rodada en 1899, pasando por las obras de Ray (King of Kings) o Zeffirelli (Jesus of Nazareth), hasta las interesantes producciones de animación como The Miracle Maker, dirigida por Stanislav Sokolov, la relación entre la cristología y el cine ha dado como resultado algunas de las películas más interesantes de la historia del cine. La cinta que nos ocupa, The Greatest Story Ever Told, rodada en 1965, es por estética la más extraña de todas ellas, al menos de las producidas bajo el mecenazgo de la industria cinematográfica americana, y esta es su singular historia…

El gélido asceta

La historia Abarca toda la vida de Jesús de Nazaret. La producción contó con un reparto espectacular en el que figuraban actores de la talla de Charlton Heston como Juan el Bautista, José Ferrer en el papel de Herodes o John Wayne dando vida al centurión Longinos. Para el papel de Jesús el director contrató al actor sueco Max von Sydow, habitual en las películas del Bergman, que no había participado en ninguna producción de habla inglesa. La película fue promocionada como la obra definitiva sobre la vida de Jesús obteniendo como premio cinco nominaciones a los Oscars, sin embargo sus creadores no consiguieron el objetivo deseado cosechando un estrepitoso fracaso de taquilla. Puede que la manera distante de presentar al protagonista, unido a la manera gélida de descubrir el mensaje teológico propiciara que la película fuera vista más desde la razón que desde la emoción, como hubiera sido lo normal. Solo la participación del compositor Alfred Newman, uno de los grandes maestros de la melodía, consiguió que la película alcanzara los registros emocionales que la historia demandaba. Curtido en alguna de las epopeyas humanas más grandes de la historia del cine – The Song of Bernadette, The Diary of Anne Frank– Newman no pudo hacer con su partitura lo que Jesús de Nazareth realizo con la multiplicación de los panes y los peces, un milagro, pero aun así consiguió con su música que los fríos tendones de Sydow claudicaran bajo sus delicadas y humanas melodías.

Newman el milagrero

Tomando prestada una definición más o menos académica del término -coloquial, quizás-, se puede decir que un milagrero es aquel que “hace milagros”, sin más. Pues bien, eso que de suyo parece extraño o complicado se torna fácil en las hábiles manos de algunos de los músicos más importantes de la historia del cine. Si antes mencionaba algunas de las superproducciones cinematográficas que llevaron a la gran pantalla las andanzas de Jesús el nazareno, es ahora el momento de nombrar a esos milagreros que hicieron posible que esas historias tuvieran la dosis precisa de emoción, condición sine qua non para que estas tuvieran credibilidad, algo de lo que carecen los evangelios. Las obras de Rózsa, Jarre, Debney o Newman pusieron voz a los sentimientos que el pescador de Galilea dejo impresos en los pentagramas de tan ilustres milagreros.

La música de Newman es sencillamente espectacular superando con creces a la imagen a la que sirve. Desde el inicio –Jesus of Nazareth– el músico deja claro que el leitmotiv principal de la historia está relacionado con la parte humana de Jesús, escribiendo para este una bella y emotiva elegía que a través de la cuerda muestra el sufrimiento extremo del galileo, dolor que Sydow no supo transmitir con su inexpresiva actuación. Esta melodía es versionada por el músico en numerosas ocasiones –Jesus and his mother– demostrando que el mensaje de Cristo se expresa a través del sentimiento, estado que acompaña a las predicaciones del maestro. Los vientos –A New Commandment– son testigos de los prodigios que Jesús realizó con la fuerza de la palabra, milagros que Newman fue capaz de realizar con la profundidad de su música. El otro gran leitmotiv de la obra es el que describe el viaje –The Great Journey– que Jesús emprende con sus discípulos hacia Jerusalén, momento que Newman aprovecha para introducir una marcha solemne, cuasi procesional que utiliza la cuerda para describir el inicio de la gran aventura del rabí que comienza el camino hacia su extraordinario destino. Por el contrario, la flauta, dulce y desnuda, narra la ingenuidad de Judas Iscariote, voz que anhela la libertad de un pueblo que vive bajo la opresión del yugo romano, mientras que el fagot, grave y oscuro, muestra la sibilina personalidad de Caifás –Judas and Caiaphas– presentando uno de los diálogos más conseguidos de la obra. La partitura se completa con musica descriptiva de carácter tradicional que acompaña las escenas menos significativas de la historia. El Hosanna y el Mesías de Haendel son utilizados para describir el triunfo del bien sobre el mal.

Puede que The Greatest Story Ever Told no sea la partitura más espectacular de cuantas se han compuesto sobre la figura de Jesús de Nazareth, seguramente no lo es; como tampoco creo que sea la música que más incide en los aspectos psicológicos o místicos del galileo, estoy seguro de que tampoco lo es; pero de lo que si estoy más que seguro es de que Alfred Newman supo captar como nadie la naturaleza humana que siempre ha acompañado a la polémica personalidad del hombre más importante de toda la historia de la humanidad.

Antonio Pardo Larrosa.

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