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Fernando Velázquez, Crisom Peak.

CRIMSON PEAK DE FERNANDO VELÁZQUEZ

Cuando Guillermo del Toro extrajo de su privilegiada mente la maravillosa “El laberinto del fauno”, acaparó un antes y un después mediante la música que acompañaría ya sus venideras películas. Si bien tanto la desconocida fábula vampírica “Cronos”, como la inquietante “Mimic” ya nos dejaron entrever cual iba a ser la magnitud que iba a acaparar el todo terreno director, con “El espinazo del diablo” y la magistral adaptación del cómic “Hellboy” pondría los dos pies en el barro engullidor de Hollywood para siempre.

Se dice que Del Toro es un director “valeparatodo” y quisquilloso, de los que se implican tanto en la historia, la producción, la escritura y sobretodo los pequeños detalles (el banquete con el monstruo de piel blanca inmóvil esperando al pecado de Ofelia en “El Laberinto” del Fauno o el magnífico universo de Hellboy, pincelado a la perfección), y con estos detalles nos referimos como no, a la música.

En esta ocasión se ha valido del emocional Fernando Velázquez, eternamente recordado por la sufrida, visceral y sentimental partitura de “Lo imposible”, del cual exige un rigor puramente clasicista y una valentía hacia el terror gótico de corte melódico.

Si bien Velázquez no es un Danny Elfman al uso que recree de la misma manera las formas y vaivenes puramente góticos (Tim Burton tiene la culpa de ello), tiene oficio a sus espaldas por sus numerosas partituras del genero terrorífico, tales como “Mamá”, “Devil” o la brillante “El orfanato”, y es un compositor que tiene en su haber las elegantes notas de “Lope”, la épica blockbuster de “Hércules” o el divertimento de “Zipi y Zape y el club de la canica”.

Así que, alzando la memoria hacia aquella mansión donde el pequeño Tomás nos hacía sufrir al unísono de los quejidos de aquel antiguo orfanato junto al mar, nos acercamos a la mansión de “Crimson Peak”, una película que seguro no dejará indiferente, aunque sea solo por la belleza de sus imágenes y la preciosa música que las acompaña.

Nos encontramos frente a un score muy completo, tanto en su número de cortes como en su creciente expectación a medida que se avanza por sus preciosas notas, sus angustiosos pasajes, para llegar al deleite final de su triunfal arribada.

De entrada, la belleza nos embarga nada más escuchar el piano de “Edith’s theme” junto a un violoncelo que parecen recreados para cabalgar junto a esa melodía bañada por los violines danzarines de la orquesta, en un alarde de melancolía, tristeza, y romanticismo que ya nos abraza para el resto del trayecto. Si bien la oscuridad se podría encajar como ese paraje lejano a la luminosidad que trae consigo el poder de la música, aquí nos atrapa por completo dejando fluir un sinfín de sensaciones.

Velázquez crea fragmentos cortos de lamentos (“My mother’s funeral”), de felicidad (“Búffalo”), y del horror más puro (“Ghost I, II y III”, “after the ghost”) que es donde da rienda suelta al uso de elementos diferenciadores del resto del viaje.

El compositor salta del romanticismo más bello y puro, hacia el terror gótico más clásico del órgano propio del averno, recorriendo una trazada de misterio que invoca con el uso de un piano tramposo, que igual nos enamora que nos desliza hacia un punto de no retorno tras las múltiples puertas de la mansión.

Tenemos valses clásicos como ”Valse sur une berceuse anglaise”, momentos de infinito amor crepuscular y eterno (“I dessperately need your help”, “The butterfly”) e incluso una pieza sacada de la chistera de tiempos olvidados como “lullaby variation” (¿un emocionado homenaje a Brahms, de carácter gótico?). Da la sensación que en la variada partitura del español, cada segundo suma para extraer de nuestra sensibilidad cada una de las gotas que forman ese todo llamado emoción, y de ser capaces de dar un salto sin red y abrirnos a ellas, disfrutaremos del delicioso sabor de esta música dulce propia de otra época.

Quizás el punto culminante de toda esa oscuridad y tenebrismo llega con “I know you are”, donde se ve reflejado el monstruoso miedo con un zumbido de violines y los giros orquestales hacia una tensión asfixiante que no cesa de crecer; es uno de los temas más conseguidos del género en lo que va de año. Junto a esta pieza destacamos la claustrofóbica y disonante “Lucille & Showdown”, particularmente repleta de sobresaltos y amenaza continua del horror hacia el espectador, oidor en este caso.

Con los temas “Finale” y “Credits” Fernando Velázquez dimensiona a lo grande la belleza de su trabajo violines mediante, para alcanzar un memorable clímax lleno de todo lo que se necesita para sentirse partícipe de este score propio del baúl de los recuerdos para años venideros.

Crimson Peak” es sin lugar a dudas uno de los scores más concisos, plenos y bellos del año, capaz de pasar del drama al horror con la misma facilidad que descubrimos que más allá de las paredes de la cumbre escarlata se halla un logro mayor que simples notas que acompañan el devenir de las imágenes: una banda sonora que por sí sola ya alcanza la categoría que se merece, que no es otra que la excelencia.

Javier Pelegrín Parra

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