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Especial Vacaciones de verano.

Ahora que ya está aquí el buen tiempo, la mayoría de familias empiezan sus vacaciones estivales. Una época cargada de relajación, ocio y disfrute en general, que palía el agotamiento producido por una vida monótona y sedentaria. En este especial, vamos a comentar algunas de las bandas sonoras más representativas de este período, esperando que sean de su agrado y lean durante sus vacaciones.

En 1955 Billy Wilder dirigió a Marilyn Monroe en La tentación vive arriba, con un Tom Ewell maravilloso y en estado de gracia. Ewell recibió el Globo de Oro por esta interpretación de un hombre casado, que se queda trabajando en Nueva York, mientras su familia está de veraneo, sintiendo la tentación, de su exuberante nueva vecina. Situaciones y escenas cómicas de lo más logradas, con una dirección impecable de Wilder y con un guión realmente bueno firmado por el propio Wilder junto con el autor de la obra George Axelrod.

La partitura de este film está escrita por uno de los grandes compositores de todos los tiempos, Alfred Newman. Un gigante de la música de cine, y un apellido el de Newman, que ha perdurado hasta el día de hoy, con los scores de sus hijos David y Thomas, su sobrino Randy y sus nietos, Joely Newman. Alfred compuso para la mayoría de los grandes directores del Hollywood clásico, así que también colaboró con Billy. Para esta banda sonora, creó un tema central de aireada comicidad, casi como si de un tema de dibujos animados se tratara, al estilo Mickey Mousing, remarcando cada salto y movimiento. Y es que el personaje de Ewell, tiene algo de dibujo animado en sí mismo, un acierto por parte de Newman. De cuerdas animadas, y percusiones muy movidas, al igual que los ascensos y descensos del xilófono o los instrumentos de viento, este motivo es de una movilidad y nerviosismo exacerbado. Hasta compuso un tema a modo de los que se asignaban para los indios en las películas del oeste, dedicado a los hijos de Ewell, cuando se disfrazan. Para los momentos de seducción y sensualidad entre la pareja protagonista, Newman compuso un motivo dominado por el saxo, de tono jazzístico, en donde la cuerda en un tonalidad muy suave acentuaba la tremenda sexualidad que desprendía el personaje de Monroe, al igual que la utilización de trompetas con sordina, una genialidad del maestro, con ese sonido tan peculiar de sus cuerdas. En definitiva la partitura está llevada por este grandioso tema sensual, y otros cortes como el anteriormente mencionado, de cuidado aire cómico, acentuado por una orquestación esplendida. El cd de esta joya fue sacado a la venta por Kritzerland Records, un disco imprescindible para los amantes de la buena música en general.

 

 

Verano del 42 (1971). Es esta una producción de Robert Mulligan, director que provenía del medio televisivo, con bastante éxito de público y de crítica. De hecho fue nominada a 4 premios Oscar, ganándolo en la categoría de mejor música original. El film narra la historia de tres muchachos que pasan sus vacaciones de verano en una isla de Nueva Inglaterra, conociendo el inicio al amor a través de una mujer casada que aparece por allí. La película contiene un buen guión a cargo de Herman Raucher y unas buenas interpretaciones por parte de su cuarteto protagonista: Jennifer O’Neill, Gary Grimes, Jerry Houser y Oliver Conant. Uno de los aspectos que más ayudaron a su divulgación internacional fue la maravillosa música creada por el francés Michel Legrand.

Nacido en Paris el 24 de febrero de 1932 y todavía en activo, es uno de los compositores franceses más prolíficos. Con más de 200 títulos en su haber y numerosos discos de jazz junto a los mejores intérpretes. Legrand estudió con Nadia Boulanger, siendo su música muy melódica e influenciada por el jazz. Junto al director Jacques Demy formo un perfecto dúo que daría obras maestras como Los paraguas de Cherburgo (1963). Fue galardonado con el premio Oscar en tres ocasiones: a la mejor canción original en 1968 por El caso Thomas Crown, esta que nos ocupa y en 1983 a la mejor adaptación por Yentl, además de otras tantas nominaciones.

En Verano del 42, el compositor solo escribió un tema que versionó durante todo el metraje, pero que funcionó maravillosamente bien. Es una partitura mono-temática pero tremendamente efectista. Un motivo jazzístico, de romanticismo desbordado, que comienza con una introducción de cuerdas, para dar paso al saxo que se hace con las riendas de la melodía, sin dejar de ser acompañado por unas cuerdas que suenan espléndidamente bien. La batería también tiene un papel importante en este tema, al igual que el piano cuya incursión dota de elegancia y sensibilidad. Una joya melódica que sería versionada a lo largo del film por el francés, sin crear ningún tema más, asociado a ninguno de los personajes, pero que aún así funcionó genialmente.

 

 

Jaws: Por David Juliá García.

Turistas en el menú….

En 1975 Steven Spielberg nos dejaba esta obra magna del cine de suspense y aventuras, desde entonces sembró el terror en las playas de todo el mundo, pues no había persona que no hubiera acudido al cine para ver este clásico.

Un Spielberg en estado de gracia, actuaciones ejemplares, (el trío protagonista borda sus respectivos papeles), excelente fotografía de Bill Butler, el no menos cuidado montaje de Verna fields. Un rodaje infernal en plena mar, donde el animatronic del tiburón no funcionaba nunca, entre otros, fueron los culpables del presente film, del cual ya dejaba claro desde su estreno , que aparte de ser una obra maestra, también podía batir records de taquilla hasta entonces inéditos .

Y por supuesto toca hablar de su score, si Spielberg es un mago de la imagen, su alter ego es sin duda John Williams, quizá el mejor tándem que el cine nos ha ofrecido, tanto por cantidad y calidad, casi siempre suprema, como es el caso que tenemos entre manos, en palabras del compositor ” era la primera vez que estaba loco por escribir la música”, desde luego proyecto le encantaba.

No hace falta ver al tiburón, la música es el tiburón , con solo dos notas que se van alternando de adelante a tras de una amenazante tuba a modo de leit- motiv, sobra para crear el suspense requerido para el escualo, (un año después Richard Donner pidió el mismo pizzicato a Jerry Goldsmith para una escena de The Omen), un tema que todos llevamos en el subconsciente.

Es destacado como utiliza los instrumentos de cuerda, para interpretar los sonidos del fondo del mar, y los va entrelazando con los famosos compases de la criatura, como en el tema “Chrissie´s death”.

Para describir el pueblecito costero de Amity y a sus gentes en el fervor de las vacaciones, compuso el simpático tema “Promenade”, donde cuerda y viento son los protagonistas y donde se realza la alegría del verano , es una antesala de lo que va acontecer, y lo hace con una juguetona trompeta a modo de fanfarria, que hace descargar un poco la tensión del principio.

Ya en alta mar y en persecución del escualo, se subraya más el tono de aventuras, con la sinfónica al servicio del compositor, con unas briosas notas que describen con maestría las escenas de la persecución e introduciendo en su debido momento las dos notas anunciadoras de que el tiburón está al acecho.

El tema “Sea attack numer one”, derrocha grandeza, espectacularidad y acción por todos los costados, y pone a prueba toda la orquesta, trazando un crescendo y finalizando con una suave arpa y flauta que induce a la calma del mar y a la impotencia de los protagonistas, viendo sus esfuerzos diezmados por la criatura.

En “The UnderWater siege”, las cuerdas cobran protagonismo, con acordes frenéticos entrelazados con el tema del tiburón y salpicado por unas notas al piano, inigualable.

Aquí tenemos el claro ejemplo de lo que tiene que ser un score magistral como es éste, donde cada nota esta puesta en su sitio perfectamente y en asociación con cada fotograma del film.

Una simbiosis perfecta, donde el compositor muestra una sensibilidad increíble en cada nota, y es que Johny despegaba como un cohete en esa época maravillosa, engrosaba score tras score haciendo una cantidad de obras maestras impresionantes, es de los gigantes de la música y de esos han habido pocos.

John gano un merecido Oscar, sentó cátedra de lo que iba ser su carrera desde entonces, este sería su primer gran éxito , hasta nuestros días ,irrepetible, un icono, un mago que da vida a cada fotograma que musicaliza.

Se nota en este es score la influencia de las películas que compuso el nacido en (Brno, Imperio austrohúngaro -actual República Checa) Erich Wolfgang Korngold, al estilo de El halcón del mar (1940) o Capitan blood (1935), y con unas gotas de suspense a lo Herrmann. Williams quería que las grandes orquestas sinfónicas volvieran a ponerse de moda, y desde luego lo hizo con maestría como aquí o en la insuperable Star Wars (1977).

 

 

Verano azul (1981), supuso un descubrimiento muy especial para los que como yo tuvimos la suerte de ver la serie en aquellos maravillosos años. Producida por TVE, con dirección de Antonio Mercero, e interpretada por el gran Antonio Ferrandis, como Chanquete, esta serie quedó garabatada en nuestro colectivo emocional como una de las más sentimentales y de las mejor hechas. Muchos nos identificábamos con algunos de los personajes interpretados por los jóvenes actores que allí aparecían. Una serie inolvidable, que aun a día de hoy produce admiración y sobre todo nostalgia. ¿Quién no recuerda o no ha tarareado la mítica melodía de los títulos de crédito?. Pues todo el mundo se acuerda de ella, un score musical creado por uno de los más grandes compositores que ha dado nuestra tierra, me refiero a Carmelo Bernaola. Nacido en Ochandiano (Vizcaya) el 16 de julio de 1929 y fallecido en Madrid el 5 de junio de 2002, Bernaola puede ser considerado el precursor junto a Jesús Guridi,y Luis de Pablo de la nueva ola de compositores vascos que tenemos en la actualidad en nuestra cinematografía, con una gran formación y todos ellos magníficos autores. Carmelo llegó a estudiar música con Goffredo Petrassi y Sergiu Celebidache, y música de cine con el maestro italiano  noAngelo Francesco Lavagnino, incluso su nombre se vio asociado a algunas películas compuestas por el transalpino, como por ejemplo Campanadas a medianoche (1967). Bernaola no solo trabajo en el cine, sino que tiene una carrera igual de importante para las salas de concierto, con sinfonías y otras obras de gran calidad. En cine cabe destacar films como Akelarre (1984), Espérame en el cielo (1988), Pasodoble (1988) o Adiós con el corazón (2000), su última película. Como anécdota Carmelo compuso en 1981 el himno del Athletic Club de Bilbao, del que era gran aficionado, y que tras su muerte sus cenizas fueron esparcidas en el césped del viejo San Mamés.

Para esta serie Carmelo creó, como hemos comentado anteriormente un tema central. Alegre y divertido que pronto se convirtió en un himno del verano, todo el mundo asocia esa música con las vacaciones de verano. El uso del acordeón es muy significativo en este score, al igual que los instrumentos de viento. El motivo central está interpretado en su fraseado principal por silbidos y vientos, acompañados de cuerdas en un segundo plano, una joya. En la partitura encontramos a su vez temas más dramáticos como por ejemplo el dedicado a la muerte de Chanquete, pero lo que realmente predominan en la banda sonora es una alegría de vivir, presente en cada nota compuesta por el vizcaíno.  Por desgracia no existe a día de hoy edición completa de la música, hecho este que debería de solucionar el sello discográfico de RTVE, que para eso está, tomando ejemplo de otros sellos parecidos como el de la RAI.

 

 

 

On a Golden Pond. (1981) Por Antonio Pardo Larrosa.

Bendita Competencia

And the Oscar goes to…

-¡No! –Gritó lanzando el mando de la tele contra la pared-, ¡manda huevos!, otro año igual.

-¿Cómo?, qué no ha Ganado Grusin –le espeté mientras apuraba la pinta de Guinness-, mañana en primera plana, ya verás…

-¡Mierda!, aquí hay tongo –volvió a maldecir con rabia-, te lo digo yo, que de esto sé un huevo.

Cuantas veces se ha repetido esta conversación a lo largo de los años después de ver la ceremonia de los Oscars, demasiadas veces. Ahora bien, lo que marca la diferencia con las de ahora es la enorme competencia que había antes en cada una de ellas, de ahí que la idea que reza aquello de “elegir es renunciar” –ahora no se elige, se otorga, sin más- cobrara un sentido más profundo. Los nominados a la mejor banda sonora original del año 1981 fueron: “Chariots of Fire” (Vangelis) –justo vencedor-, “Dragonslayer” (Alex North), “On Golden Pond” (Dave Grusin), “Ragtime” (Randy Newman) y “Raiders of the lost Ark” (John Williams), ahí es nada. Como para elegir estamos…

-¿Cómo?, qué no ha Ganado Grusin –volvió a preguntar con el mostacho lleno de espuma-.

-Lo entiendo –intenté responder con pausa-, ¡pero, qué coño! ¿Es que no has visto las demás candidatas? –Pregunté con cierto desdén-.

-Me da igual.

Daba lo mismo, no importaba si le decía una y otra vez que Grusin no había ganado, el seguía a lo suyo, bebiendo y maldiciendo a los académicos…

-¿Cómo?, ¡qué ha Ganado Vangelis!

-También lo entiendo, amigo mío –le contesté frunciendo el ceño-, como no iba a ganar, es un trabajo fantástico.

-Bla, bla, bla, bla –decía mientras liaba un cigarrillo-, esto está más amañado que la elección de miss España.

La verdad es que ese año cualquiera de las cinco nominadas podría haber conseguido la estatuilla dorada. Grusin se quedó a las puertas con un trabajo fantástico que está entre lo más inspirado de su producción musical. “On Golden Pond” fue una delicatesen dirigida por Mark Rydell e interpretada de forma magistral por Henry Fonda –Norman- y Katharine Hepburn –Ethel-. Basada en la obra de teatro del mismo nombre escrita por el dramaturgo Ernest Thompson, la historia gira en torno a una pareja de octogenarios que pasa sus últimos días en una especie de balneario llamado “El estanque dorado”, un idílico lugar de vacaciones donde la pareja de ancianos vive la dura realidad que afecta a las complicadas relaciones humanas. Con estos mimbres el director y la productora pensaron que el compositor idóneo para describir la vida en “El estanque dorado” debía ser Dave Grusin, músico curtido en el jazz –grabó con Benny Goodman- que ya había demostrado su gran capacidad melódica en partituras como Yakuza (1975) o The Champ (1979). Años después vendrían The Firm (1993), paradigma del jazz inteligente, y The Goonies (1985), muestra evidente de que Grusin no solo era un músico de jazz, sino que también podía jugar con la orquesta como nadie. En On Golden Pond Grusin articula la partitura en derredor de un bellísimo leitmotiv –Main Titles-, bucólico y nostálgico que a través del piano -voz masculina de la sabiduría- y de la flauta –mágico lamento del sentimiento femenino- describe la magia que rodea a este idílico lugar. Grusin versiona esta bella melodía en repetidas ocasiones –Lost in the Woods/First Call– adaptando la música a las necesidades de la historia. Como no podía ser de otra manera el jazz está presente en la obra –Lake song/New Hapshire Hornpipe, melodías muy rítmicas que recuerdan a la que compusiera años atrás para la película Mountain Dance, incluso John Williams realizaría una década después su particular versión del tema en su obra Hook (1991) –Banning Back Home-, en un gran homenaje a la original música de Grusin.

La partitura de Dave Grusin para “On Golden Pond” podría haber ganado el Oscar, sin duda, pero ya se sabe lo que suele ocurrir con estas cosas…

And the Oscar Goes to…

 

 

Verano en Lousiana (1991).

Dirigida al igual que Verano del 42, por Robert Mulligan, y con fotografía de Freddie Francis (director de fotografía y director en lo productora Hammer). Esta es una historia muy bonita, con un buen trabajo en la dirección, que versa sobre unas hermanas, y su relación con un joven vecino, el nacimiento del amor y el dolor de la pérdida. Interpretada por una joven Reese Witherspoon, y con guión de Jenny Wingfield, es una de esas obras que pasan desapercibidas, pero que son realmente buenas.

James Newton Howard firmó una partitura apacible y sensible, de lo mejor que hizo en la década de los 90. El violín solista tiene una especial relevancia en es score, al igual que la flauta y el piano. Esta es una pequeña obra maestra de la música de cine. De estilo americano, y con algún que otro motivo de country para las escenas de más alegría o movimiento, como por ejemplo el corte  Back Dorr. La presencia del violín solista es audible en el Main Titles, y en temas como First Kiss, donde aparece dentro de una melodía romántica y pegadiza, con acompañamiento de guitarra de clara referencia country. Hay en el score cortes deliciosos como Lovemaking, en el que las cuerdas nos deslizan de una manera placentera en los terrenos amorosos que invaden a la protagonista. My Goodness es un claro ejemplo de estos motivos country tan presentes en el score, las guitarras son las predominantes en este corte, con incursiones del violín country, de resultados muy dinámicos. Como digo la banda sonora es una delicia en su totalidad, podemos encontrar cortes a piano de exquisita melodía y de una belleza inusitada como The Walk. Estos mezclados junto a los de tono country se entremezclan en la partitura creando un ambiente idílico, solos de flauta magistrales y unas cuerdas que nos entran en lo más hondo de nuestro corazón, hacen de esta obra, una de las mejores de su autor y una de las bandas sonoras más bellas de los años 90. Para la escena del accidente del muchacho, Howard escribió un motivo de cuerdas estridentes, casi al estilo Herrmann que contrasta con las formas tranquilas que forman la banda sonora casi en su totalidad, que acto seguido será acompañado de temas más dramáticos, que auguran el fatal desenlace. Conteniendo una orquestación digna del mejor Elmer Bernstein, o remontándome más atrás, a Jerome Moross, en la que estos temas tan preciosistas y bonitos se funden de manera genial con los más movidos, estilo country. Los primeros son arropados por cuerdas, flauta y piano y los segundos por guitarras, banjos y armónica. El cd de esta música fue editado por Warner Bros en 1991, contiene 18 temas y es altamente recomendable, ya verán como disfrutan de esta delicia compuesta por el maestro Newton Howard.

El hombre sin rostro (1993). Por Antonio Pardo Larrosa.

Las pequeñas cosas marcan la diferencia. Esta es una máxima que se repite con cierta asiduidad en la música cinematográfica de las últimas décadas. La imaginación de Goldsmith, la contundencia de Williams, el ritmo de Zimmer o la melodía de Morricone son algunos aspectos discriminatorios que delimitan sus respectivas escrituras. Pues bien, el rasgo que define –solo en parte, pues hay muchos más- la personal caligrafía de Horner es la empatía –capacidad cognitiva de percibir, esa afinidad emocional que hace que el espectador, el actor y el músico participen de una misma realidad que a priori les es ajena. Se puede decir que la música actúa –vehículo emocional por excelencia- como ese necesario “efecto de distanciamiento” acuñado por Brecht que intenta provocar la conciencia crítica y emocional del espectador. Para el dramaturgo su obra obligaba al espectador a pensar, a sacar sus propias conclusiones y a entender que lo expuesto sobre el escenario –la pantalla también lo es- podía modificar la realidad del ser humano produciendo ese efecto de ruptura o “cuarta pared”. Pues bien, en esta bahía fondean las melodías de The Man Without face, la partitura más empática de cuantas compuso el Maestro. Escrita en 1993 –año de su gran opus, The Land Before Time-, “El hombre sin rostro” fue la opera prima del actor Mel Gibson y la primera colaboración con Horner. En The Man Without face, adaptación de la novela de Isabelle Holland, se narran los problemas académicos y afectivos de Chuck, un adolescente introvertido que busca en el atormentado pasado de su tutor Justin Mc Leod -un hombre amargado por un misterioso y terrible suceso que le dejó el rostro desfigurado- las respuestas a sus miedos existenciales. El valor del conocimiento y el inquebrantable vínculo de la amistad es el punto de partida sobre el que ambos enriquecen sus respectivas vidas descubriendo la gran empatía que les une.

Para unir a los dos protagonistas con el público Horner teje un meticuloso entramado de emociones que provocan la respuesta inmediata del espectador. La música sirve de vehículo para que la curiosidad y el misterio que rodea a la historia de Chuck y Justin sea vista como algo “bello y triste” –tomo prestadas las palabras del escritor japonés Yasunari Kawabata-, lugar de encuentro donde la fealdad del protagonista desaparece entre la bruma de las melodías. La música de Horner busca esa necesaria –la historia no tiene sentido sin ella- empatía musical que comienza con la melancolía de lo perdido –A Father´s Legacy-, un leitmotiv delicado y gris que refleja la perdida mirada de Chuck, música que ahonda en los recuerdos del joven protagonista. La melodía se apoya en el uso del piano para soslayar la soledad que precede al misterioso encuentro con el tutor. El piano, la cuerda y los vientos se entrelazan en innumerables ocasiones –Chuck´s first lesson/No compromise o The Merchant of Venice, la melodía más crepuscular y mística de todo el score- mostrando la complicidad que incide directamente sobre la primera impresión del espectador, y es que la música convierte a Justin en un hombre hermoso. Ese es el poder de la música y Horner su maestro de ceremonias. La empatía de los dos protagonistas, el espectador y el propio Horner evoluciona sin solución de continuidad a la par que la música mostrándose más luminosa conforme progresa la relación entre ellos. Una vez traspasada –ruptura emocional- esta “cuarta pared” la música toma un vuelo muy distinto, más liviano –Flying -, que muestra la otra cara de la historia dibujando el rostro de la belleza que anida en el corazón de los protagonistas. Horner versiona la melodía de Sneakers para terminar su exposición sobre el segundo gran leitmotiv de la partitura –Mcleod´s last Letter-, una delicada y luminosa melodía que refleja la felicidad del momento. La cuerda, sensible y etérea, lleva hasta las oscuras vidas de Chuck y Justin la luz del entendimiento, claridad que bebe de las fuentes de la empatía. El epílogo –Lookout point/End Credits– es sublime, rememorando, como es la costumbre en el Maestro, todas las emociones de la historia.

En The Man Without face Horner no solo busca la empatía con los dos protagonistas de la historia, sino que a través de ella descubre la conexión que los une con el espectador. Todo está orquestado con precisión para que la música, su música –causa de este afectivo y sorprendente vínculo- fluya enigmática a través de los sentimientos más profundos.

 Lo imposible (2012).

Dirigida por Juan Antonio Bayona, Lo imposible fue uno de los mayores éxitos de taquilla de el cine español de los últimos años. Con un reparto internacional encabezado por Naomi Watts y Ewan Mc. Gregor, en el que también se encontraban Tom Holland y Geraldine Chaplin. Bayona sacó partido a esta historia real acaecida a una familia española de vacaciones en Tailandia durante el fatídico y devastador tsunami de 2004. Una historia de supervivencia, basada en los hechos reales contados por María Belón y transcritos a guión por Sergio G. Sánchez. La cinta contiene algunas escenas memorables como la de la llegada de la gran ola, y sus efectos, cuenta con una fotografía muy logra obra de Óscar Faura, y unos muy buenos efectos especiales. Aún así, en mi opinión al film le falta algo, no termina de llegarme y lo veo muy lineal. Sin duda uno de los aciertos es la música de Fernando Velázquez, de contenida belleza.

Velázquez nació en Getxo (Vizcaya) el 22 de noviembre de 1976, y es uno de los jóvenes compositores que trabajan hoy en día con mucho éxito en el mundo del cine.  Es uno de los músicos de esa corriente vasca que tantos y tan buenos autores ha dado a nuestro cine y al internacional, porque Velázquez ha dado el salto al panorama internacional con títulos en su haber como Hércules (2014), Mamá (2013) o la última cinta del mexicano Guillermo del Toro, que tiene en preproducción Crisom Peak. Recientemente compuso una banda sonora de acabados excelentes para el taquillazo Ocho apellidos vascos (2014), una partitura muy divertida, con uso de la txalaparta. Con Bayona ha colaborado habitualmente, siendo recordados por su fabulosa El orfanato (2007). Además de componer Fernando es un gran intérprete del chelo, el cual compagina con sus actividades compositivas. Para esta película el músico escribió un score en el que el tema central dominaba el resto de la partitura. Se trata de un adagio que comienza suavemente en las cuerdas, con tono lamentativo. Lentamente va creciendo en intensidad dramática hasta llegar a un clímax orquestal, en el que las cuerdas nos rozan la piel con su suave caricia melódica. Se produce a continuación un parón, en el que el piano en tono muy triste retoma el fraseado central, para acabar con unos leves susurros de cuerdas en descenso.

En el score aparecen frecuentemente variaciones de este motivo, que acompañan de muy buena manera las vicisitudes de los protagonistas. Solo se vuelve la música más esperanzadora, en el momento del reencuentro final, donde Velázquez compuso un tema, también dominado por la cuerda, de una belleza extraordinaria, pero en el el optimismo y valentía demostrada por los niños durante el metraje, sale a flote en cuanto se reúnen con sus padres, y ven que dentro de lo malo están vivos y juntos, y son unos grandes privilegiados. Velázquez compuso a su vez cortes de tono más oscuros dominados por solos de chelo, y otro algún que otro tema más movido, se puede decir de acción, para los escasos momentos movidos, como por ejemplo la llegada del tsunami. El compositor al igual que el director, sacan a la luz la bondad y buenos sentimientos de los lugareños, que se volcaron con los heridos extranjeros prestándoles sus cosas, ayudando a que salvaran la vida y lo más importante dándoles calor afectivo. Esto es reflejado en la banda sonora genialmente por Fernando, creando un motivo que rezuma paz interior y sacrificio que dignifica a estos héroes que se mantuvieron en un segundo plano. Volviendo al tema del adagio, acompañara a los protagonistas en su tristeza interior en diversas partes de la cinta, hasta llegar al encuentro comentado antes, que es cuando se introduce el corte de más optimismo del film. Para terminar Velázquez vuelve a introducir el temo central, en los títulos finales a modo de homenaje a todas las víctimas de este fatal acontecimiento. La música ahora se vuelve y hace de ellos, ya no forma parte de los protagonistas. Un bello final, que arropa a los familiares de las víctimas y engrandece a estas. El score lo podemos disfrutar a través de el disco editado por Quartet Records, con Velázquez dirigiendo a la London Metropolitan Orchestra y con solos de Sally Heath (piano), Gilliam Tingay (arpa), Dave Daniels (violonchelo) y el coro Kup Taldea. Una partitura en la que los coros tienen también un papel significativo.

 

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