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Krzystof Komeda El baile de los vampiros.

El baile de los vampiros supuso el primer acercamiento a la cinematografía estadounidense, aunque esta es una coproducción con Gran Bretaña, del polaco Roman Polanski, después de un exitoso comienzo de carrera en su país natal. Rodada en Inglaterra en 1967, la película cosechó un gran éxito desde su estreno, manteniendo un acertado tono entre comedia y terror, que pronto encumbraría a el director al Olimpo de los autores de culto. Polanski es un luchador nato. A los siete su familia desaparece durante la ocupación nazi, convirtiéndose a continuación en un huérfano niño de la calle, su madre y algunos familiares fueron gaseados en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, reencontrándose más tarde con su padre que había sobrevivido. Siendo un adolescente comenzó a estudiar cine en la prestigiosa escuela de Lodz, donde también cursó estudios otro genio del séptimo arte, me refiero a Krzystof Kieswloski. El joven Roman realizó varios cortometrajes hasta filmar su primer largo, El cuchillo en el agua (1962), una obra maestra de narración visual de hechuras impecables. Desde entonces ha forjado una carrera más que notable con un estilo de dirección muy suyo, con títulos a sus espaldas como Chinatow (1974), o su oscarizada El pianista (2002).

En sus primeros cortometrajes y películas Polanski contó en el apartado musical con la encomiable ayuda de un joven compositor de jazz llamado Krzystof Komeda. Este nació el 27 de abril de 1931, y fue un pionero en Polonia interpretando jazz, una música por aquel entonces prohibida por el régimen comunista, así que este hecho le causo más de un quebradero de cabeza con la policía. Komeda fundó su propia banda jazzistica, siendo galardonado con numerosos premios, sobre todo internacionales. Con un estilo muy vanguardista, el joven Krzystof interpretaba obras de otros autores, preferentemente americanos, y componía sus propias piezas, llegando a grabar un buen puñado de discos. Los dos formaron una simbiosis casi perfecta en los primeros trabajos: Polanski dirigía y Komeda daba la respuesta musical a lo que se veía en pantalla. Dos hombres y un armario (1958), El cuchillo en el agua, o La semilla del diablo (1968), fueron algunos de sus títulos en conjunto, ya destacando el compositor en la genial El cuchillo en el agua, donde utiliza un jazz de sonoridades suaves al comienzo de la historia, y va cambiando según avanzaban los acontecimientos hasta terrenos más agrestes. Por desgracia no pudieron consolidar esta unión, que tan buenos resultados hubiera dado, por la repentina muerte del compositor el 23 de abril de 1969, a los 37 años de edad, y después de meses en el hospital tras sufrir un accidente de tráfico. Se rumoreó con una supuesta maldición que acompañó a algunos de los inmersos en el rodaje de La semilla del diablo, un film que trataba sobre las sectas dedicadas al culto del diablo. Polanski recibió muchas amenazas por parte de estos, que culminaron con el asesinato de su mujer Sharon Tate, protagonista de la cinta que nos ocupa y embarazada en ese fatídico momento, a manos del loco Charles Mason y su secta de imbéciles adoradores. Tras la muerte de Komeda, Polanski probó con diversos compositores hasta dar con Philippe Sarde, que se adecuó de maravilla a su forma de trabajar.

El Baile de los vampiros está protagonizada por Sharon Tate, el propio Polanski, Jack MacGowran y Ferdy Maine como el Conde Krolock, al que un año más tarde veríamos interpretando a un conde nazi en El desafío de las águilas. La cinta tiene un guión muy ingenioso escrito por Polanski y su inseparable Gerard Brach, una fotografía en color maravillosa, obra de Douglas Slocombe, más tarde colaborador de Spielberg en las tres primeras partes de Indiana Jones (1981-1989), o, por ejemplo, autor de la fotografía de la estupenda El león en invierno (1968).

Komeda creó para este film un tema central con coros y aires jazzisticos muy acertado, que captaba el tono de comicidad y terror que tenía la cinta, que se introduce por vez primera en los títulos de crédito.

Para el personaje de Sarah (Tate), el joven músico escribió una especie de nana, en la que la voz femenina es la que lleva el peso de la composición, acompañada de leves susurros de voz masculina. Se escucha también en la escena en la que Sarah toma un baño, o es utilizada después como tema de amor o de seducción en diferentes escenas, como cuando el personaje interpretado por Polanski hace un muñeco de nieve y ella desde su habitación lo observa con mucho cariño.

Cuando aparece en escena Koukol, el jorobado sirviente del Conde, Komeda nos da muestra de su versatilidad compositiva, al crear un tema amenazante y obsesivo, que es comenzado por coros masculinos en tono misterioso, acto seguido tomando una sonoridad in crescendo que crea terror.

Al igual, es destacable el motivo creado para la persecución por parte de Alfred (Polanski), del trineo de Koukol, en el que la percusión y los instrumentos de viento crean un ambiente de continuo misterio, y se puede palpar el terror que siente Alfred.

El tema central es escuchado de nuevo en la escena en la que el conde muerde a Sarah y la rapta, seguido de uno de los mejores temas de la partitura, dedicado al momento en el que Alfred y su maestro esquían de manera patosa siguiendo el rapto de Sarah. Un tema dominado por un motivo de flauta muy dulce y alegre, y acompañado de batería y bajo, en otra muestra de la influencia jazzistica de este score.

Podemos escuchar también un motivo lamentativo, que escuchan los protagonistas dentro del castillo, cantado por Sarah, y un corte de aires barrocos que sirve de danza para el macabro baile de los vampiros.

Komeda vuelve a insistir en los coros para las escenas de corte misterioso dentro del castillo, acompañados de percusión y metales del todo adecuados.

En resumen, coros que son utilizados para dar sensación de misterio y terror, utilización de instrumentación de corte jazzistico para la comicidad y un buen tema de amor (o de Sarah), mezclado con motivos de suave melodía como el utilizado para la escena de los esquíes, son la carta de presentación de esta obra insigne, que fue en su tiempo innovadora y vanguardista, compuesta por un autor a reivindicar, que no nos pudo ofrecer más muestras de su reconocible estilo al fallecer a temprana edad, pero que nos dejó un buen puñado de bandas sonoras, sobre todo para Polanski. También trabajó, entre otros, para el gran Andrzej Wajda.

De esta partitura existen varias ediciones en cd, pero voy a recomendar la del sello Polonia Records, editada en 1998. Contenía 20 cortes, y estaba acompañado del score de La semilla del diablo, sin duda un disco recomendado. Era el volumen 19 de una serie de discos editados por este sello, en los que recopilaban toda la obra ya fuera de jazz o de cine de este autor tan interesante.

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